Don Efraín enterró a su hijo en el patio trasero
de la fábrica de ladrillos, bajo el manto de cal
y cenizas, porque el muchacho se negó a matar a
un cura. Nadie habló. Nadie lloró. La viuda no
pidió justicia: pidió un rosario de cristal que
él nunca le dio.
En 1993, el gobierno desmanteló el cartel de los
Alvarado, pero no los cadáveres. Las fosas
comunes se volvieron tierras de cultivo. Los
sicarios que sobrevivieron se convirtieron en
dueños de cooperativas agrícolas, y los hijos de
los muertos, en maestros rurales. Efraín compró
el terreno donde había sido su cuartel general,
lo cercó con alambre de púas y lo bautizó como
“El Jardín de la Nueva Patria”.
La primera lluvia intensa de la temporada
levantó los huesos. No se descomponían. Se
movían. Se alineaban en filas, como si aún
rezaran.
Una noche, su esposa de cuarenta años —la única
que nunca lo miró a los ojos después del
entierro— encendió una vela de cera de abeja en
el altar de Santa Muerte, y pidió que el
desierto recordara. Al amanecer, los
trabajadores hallaron a Efraín arrodillado entre
los huesos, con las manos atadas por raíces de
nopal que brotaron de la tierra. No gritó. No
rogó. Solo murmuró: “No fue culpa mía”.
Las mujeres de la comunidad llegaron con cestas
de maíz y calabazas. No lo juzgaron. Lo
limpiaron con agua de lluvia y hojas de copal.
Le pusieron en el pecho el rosario de cristal
que él le negó.
A la mañana siguiente, el terreno ya no era suyo.
Los ladrillos de su fábrica se habían vuelto
piedras de templo.
Nadie lo buscó.
Solo el viento llevó el olor a incienso hasta la
frontera.


