El chico se llama Chema, y desde los once años
anda con una mochila llena de pan seco, un
cuchillo de cocina y el nombre de su hermana
escrita en el puño de la camisa. Ella tiene tos
que suena como vidrio roto, y la clínica del
gobierno ya no le da más pastillas. La única
esperanza está en el botiquín de la camioneta de
la policía que pasa cada martes a las tres,
cuando el comandante va a entregarle su quincena
a la viuda del agente muerto en un tiroteo que
nadie investigó.
Ese martes, Chema no roba la camioneta. La abre
con una llave que encontró en la boca de un
muerto, un agente que se cayó del techo del
mercado de San Juan de Dios cuando lo mataron
por negarse a entregar un sobre con dinero del
narcotráfico. La llave es de plata, con un
águila desgastada —como las que usaban los
soldados de Villa— y el metal aún huele a
pólvora vieja. La camioneta no tiene alarma.
Tampoco nadie la vigila. Pero cuando Chema mete
la mano en el compartimiento de atrás, donde
guardan las drogas que no se venden, encuentra
un rosario de semillas de huizache, trenzado con
cabello de mujer. Y bajo él, una foto: su madre,
viva, con el uniforme de la policía municipal de
1992.
La ley que nadie cuenta: los muertos que fueron
traicionados por la revolución, no se van. Se
quedan en lo que tocan. Y cuando alguien los
toca con intención de robar, ellos responden. La
camioneta se enciende sola. Las puertas se
cierran. Los vidrios se nublan con un vaho que
huele a tierra mojada y incienso. Fuera, los
perros se callan. El cielo se pone morado como
cuando el sol se muere en el Cerro del Cuatro.
Chema corre. La camioneta lo sigue. No por motor.
Por voluntad. Las ruedas no giran, pero avanza.
Como si la calle la empujara. Detrás de él, los
muertos de la guerra cristera que nunca fueron
enterrados bien, se levantan de las grietas del
asfalto. No son fantasmas. Son cuerpos con la
piel de barro seco, con los ojos llenos de
semillas de nopal. Uno le toca el hombro. No
duele. Solo le deja un sabor a sal y a llanto.
En el cruce de Avenida Juárez y Calle de los
Sapos, Chema se detiene. No por miedo. Porque
sabe. La camioneta no lo persigue para matarlo.
Lo lleva a ella. A su hermana. Porque la foto no
es de su madre muerta. Es de su madre viva, y
ahora está dentro de la camioneta, entre los
sacos de cocaína, con los brazos cruzados como
una santa de barro. La mujer que mataron por
esconder a un cura en el sótano de su tienda de
abarrotes. La mujer que se convirtió en leyenda:
la que dio pan a los soldados, y luego les dio
muerte.
Chema abre la puerta. La camioneta se apaga. La
foto se deshace en polvo. Su hermana ya no tose.
Está quieta. Y en su pecho, donde antes tenía la
tos, ahora tiene un rosario de semillas de
huizache. Igual al que encontró Chema.
No hay gritos. No hay lágrimas. Solo el silencio
de la ciudad que nunca supo que los muertos
tenían derecho a recordar. Chema se lleva el
rosario. Y la camioneta, ahora vacía, se funde
en la niebla de la mañana como si nunca hubiera
existido.
La ley que nadie cuenta: si robas a un muerto
que aún se acuerda de su justicia, él te
devuelve lo que perdiste. Pero nunca lo que te
mereces.
Chema camina hacia el hospital con las manos
vacías. Y el rosario en la boca.


