El hombre bajó del camión de carga en San Mateo
Oxtotilpan con las botas cubiertas de polvo de
la carretera federal y un saco de jute que olía
a tierra mojada y raíces viejas. Nadie lo saludó.
Ni siquiera los perros. En 1993, el ejército
había quemado la escuela donde él enseñaba a los
niños a leer en náhuatl. Nadie lo buscó. Nadie
lo quería.
La tierra ya no era la misma. Los viejos
maizales se habían vuelto campos de nopaleras
comerciales, y los que quedaban, estaban
sembrados con semillas transgénicas que venían
de Texas. El gobierno decía que era progreso.
Los campesinos callaban. La Iglesia, ahora
aliada de los empresarios, bendecía los
tractores con agua bendita y rezaba por la
productividad. La guerra había terminado, pero
el silencio había ganado.
Él no llevaba arma. Ni fotos. Ni cartas. Solo el
saco. Y la herida en el costado, bajo la camisa,
que no sanó desde que lo apuñalaron en la sierra
de Guerrero por devolverle a una viuda su tierra
robada por un cacique con credencial del PRI.
Eso fue antes de que los narcos compraran las
armas del ejército y las convirtieran en
mercancía.
Al tercer día, la madre de la niña que él
protegió en 1989 —ahora anciana, con los ojos de
obsidiana y el cuerpo doblado por el trabajo— lo
encontró en el corral, sembrando las semillas en
el suelo seco. Le preguntó qué traía. Él no
respondió. Ella lo miró como quien mira un
fantasma que aún huele a incienso y sangre.
Esa noche, llovió. No la lluvia de los años 90,
que llegaba con truenos de desesperación. Esta
era tranquila. Como si la tierra recordara. Las
semillas germinaron en doce horas. Maíz morado.
El que no se vende. El que se entierra con los
muertos.
Al amanecer, los hijos de los que lo
traicionaron llegaron con machetes y un cura de
la diócesis de Morelia. El cura dijo que el maíz
era herejía. Que el culto a Chicomecóatl no era
folclore, sino idolatría. Que el hombre debía
confesar.
Él se levantó. No habló. Se quitó la camisa. La
herida no era de bala. Era una cruz tallada con
un cuchillo de obsidiana. Una confesión que él
mismo se hizo cuando mató al hombre que violó a
su hermana, y luego se arrodilló frente al maíz
para pedir perdón.
Los hijos se quedaron inmóviles. El cura
retrocedió.
Esa tarde, el maíz ya cubría media hectárea.
Nadie lo arrancó. Nadie lo regó.
Al sexto día, la anciana lo encontró muerto en
el centro del campo, con las manos sobre el
suelo, como si aún estuviera sembrando.
El maíz creció sin parar.
Las autoridades no pudieron cortarlo. Los
tractores se atoraban. Los químicos se volvían
agua.
En la semana de los Muertos, las mujeres del
pueblo llevaron ofrendas de sal, cempasúchil y
tortillas hechas con ese maíz.
Nadie dijo su nombre.
Pero en los mercados de Tlaxcala, empezaron a
vender semillas en bolsitas de papel de
periódico, con una cruz de obsidiana pegada.
Y la gente decía:
—Es el que bendijo el maíz.
Nadie supo si era santo.
O si era venganza.


