En los suburbios de Tlalnepantla, donde las

casas se construyeron sobre basureros antiguos y

las madres lavan la ropa en pozos que aún huele

a copal, María Luna entierra a su hijo Diego en

el patio trasero. No hay misa. No hay cruz. Solo

una olla de atole con canela y una piedra negra

que él trajo de la sierra, diciendo que “la

tierra lo reconoce”.

Diego fue sicario de El Rastro, un capo que

pagaba en cocaína y misas negras. Pero no mató

por dinero: mató porque su hermana menor

desapareció en una red de secuestros y él juró,

con sangre de su propio dedo, que traería

justicia. El pacto de sangre no fue con el

diablo: fue con el tonal de su abuela, una

curandera que aún hablaba náhuatl y le enseñó a

pedir permiso antes de matar.

Cuatro días después, la tierra se agrieta en el

patio. Las raíces del mezquite crecen en espiral,

como dedos que buscan huesos. Las gallinas se

callan. Los vecinos juran que oyen cantar —no

una canción, sino un canto ancestral, el mismo

que las viejas murmuraban cuando los ejércitos

pasaban en los años treinta.

María sabe: el pacto no se rompe con lágrimas.

Se paga con otra vida.

Va al taller de El Rastro, donde el hombre

duerme con un crucifijo en la mano y un collar

de dientes de jaguar bajo la camisa. No lleva

arma. Lleva la piedra negra. La apoya en el

suelo de cemento y le pide a la tierra que

recuerde.

El Rastro se despierta. Ve la piedra. Sabe lo

que significa. Intenta gritar. Pero la tierra ya

lo tiene. Las grietas se abren como bocas. Las

raíces le atraviesan los tobillos, los muslos,

el pecho. No sangra. Se seca. Como un árbol que

pierde el agua pero sigue de pie.

Cuando los vecinos llegan, solo encuentran a

María sentada en el suelo, cantando en náhuatl.

El Rastro ya no es cuerpo. Es polvo que huele a

tierra mojada y a copal quemado. En su mano, aún

apretada, tiene un rosario. Pero las cuentas son

semillas de maíz.

Esa noche, en el patio, la piedra negra brota

una flor blanca. María la coge. La pone en la

mano de Diego, bajo la tierra.

Al amanecer, las gallinas cantan de nuevo.

Y en la esquina, una niña de ocho años deja un

ramo de cempasúchil junto a la tumba. Sin saber

por qué.