En los márgenes de la sierra de Chihuahua, donde

los ríos se callan y los santos de yeso lloran

sin lágrimas, los hombres del obispo secuestran

niñas que nacen con el signo de la luna en la

planta del pie. Nadie denuncia. La iglesia ya no

bendice, purifica. Los campesinos entregan a sus

hijas como ofrendas de paz, y los soldados

revolucionarios que quedan, callan.

El sicario leal, llamado sólo “El Cura” por su

silencio y la cruz de plata que lleva bajo la

camisa, nunca mató a una mujer. Nunca a un niño.

Su orden era clara: solo bala a quien levantara

arma contra el Estado. Pero cuando su hija de

nueve años desapareció tras la misa de los

muertos en San Juan de los Lagos, el cuerpo de

su mujer apareció en el atrio, colgado de la

campana mayor con una corona de nopal y tres

velas encendidas en la boca.

La regla que nadie dice: las niñas con el signo

de la luna no mueren. Se convierten en voces. En

cantos que los curas entierran bajo las nuevas

catedrales. Las que no cantan, se llevan vivas.

El Cura camina sin arma. Sólo lleva el cuchillo

de su padre, el que usó para matar a un general

en 1923, y el cuerpo de su esposa, envuelto en

un manto de luto de la ciudad de Guadalajara. No

reza. No grita. Sólo avanza por el camino de

tierra quemada, donde las flores de cempasúchil

ya no crecen porque el suelo fue bendecido con

sal y fuego.

En la catedral de Durango, bajo el altar donde

se esconden las reliquias de la Virgen de los

Remedios, los obispos preparan el quinto rito.

La niña está viva. Sus ojos no parpadean. Su

garganta ya no produce sonidos. Sólo emite el

canto de la Llorona —el que cantaba su madre

antes de morir— pero sin voz.

El Cura entra. Sin pedir permiso. Sin mirar a

los curas que levantan las hostias como escudos.

Se arrodilla frente al altar. Coloca el cuerpo

de su mujer sobre el piso de mármol. Con el

cuchillo, corta su propia mano izquierda. La

deja sobre el pecho de la niña.

La tierra se abre. No por milagro. Por antiguo

pacto.

La Llorona sale. No como fantasma. Como mujer de

barro y raíces, con los ojos de su hija y la

boca de su esposa. No habla. Sólo canta. Y cada

nota hace caer una vela. Cada vela, un nombre.

Cada nombre, un obispo.

Cuando la última llama se apaga, los cuerpos de

los sacerdotes ya no son humanos. Son raíces.

Son tierra.

La niña se levanta. Tiene la mano izquierda del

Cura.

Él no llora.

Camina hacia el desierto.

La catedral se derrumba en silencio.

Y en la puerta de su casa, donde antes colgaba

el retrato de su esposa, ahora crece un nopal

con flores blancas que nunca se marchitan.

La justicia no fue hecha por el Estado.

Fue hecha por quien nunca tuvo arma, pero sí

memoria.