En un pueblo de Michoacán donde las calles aún
guardan el polvo de los tiros de 1993, Efraín
camina con el ataúd de su hija de doce años,
muerta de una sobredosis de lo que vendía su
viejo negocio. La iglesia rechazó el entierro
sagrado: “No puede estar en consagrada tierra,
lleva el sello del diablo”, dijo el cura. Efraín
no lloró. Solo apretó el rosario que ella cosió
con hilos de su camisa, antes de que lo mataran.
La noche antes del entierro, trae al brujo del
norte, un hombre de ojos vacíos que lleva un
collar de colmillos de jaguar y habla con el
viento. No es curandero. Es lo que queda de un
chamán que sobrevivió a la masacre de los que
rezaban a Tonatiuh en las minas abandonadas. El
ritual no es de exorcismo: es de devolución. “Lo
que tú sembraste en nombre de Dios, lo
devolverás en nombre de los que no tienen
nombre”, dice el brujo. Efraín asiente. Él sabe.
Mató a veintitrés campesinos que querían
recuperar su tierra. Les cortó la lengua antes
de enterrarlos vivos, como mandaba el jefe. La
iglesia los llamó “sacrificios por la paz”.
Cuando el brujo quema el amuleto de sal y chile
que Efraín lleva en el pecho —el que usaba para
protegerse de las balas—, la tierra se agrieta.
No hay gritos. No hay fuego. Solo el olor a
tierra mojada después de la lluvia, pero sin
lluvia. Las sombras de los veintitrés se
levantan de las raíces de los naranjos, con las
bocas cosidas, pero con los ojos abiertos.
Caminan. No hacia Efraín. Hacia la iglesia.
Al amanecer, el altar está vacío. La virgen de
Guadalupe ha desaparecido. En su lugar, cinco
rosarios de cabello humano, cada uno con un
diente de niño. En el piso, escrito con ceniza:
“Ya no te protege nadie”. Efraín no huye. Se
sienta frente a la puerta de su casa, con la
foto de su hija en las manos. El brujo se ha ido.
Pero el viento trae el murmullo de voces que
nunca hablaron: “Tú no eras el mal. Tú eras la
herramienta.”
La mañana del entierro, la gente del pueblo no
va a la misa. Va al cementerio. Traen ramas de
copal, hojas de laurel, y cajas de cerveza. No
rezan. Solo dejan sus manos sobre la tierra
nueva. Al atardecer, una flor naranja brota de
la tumba. No es de este mundo. Es la flor de
Xochiquetzal, la que solo crece donde se
entierra a los que fueron usados como
instrumentos y nunca pidieron perdonar.
Efraín muere al tercer día. Sin heridas. Sin
sangre. Con la sonrisa de su hija en la cara.
Nadie lo entierra. La tierra lo traga sola. Y
esa noche, en las calles del pueblo, las sombras
que caminan ya no van hacia la iglesia. Van
hacia las casas de quienes los traicionaron.


