Las mujeres del pueblo recogen los muertos en
sacos de yute y los llevan al patio de la
escuela abandonada, donde la luna llena hace que
los cadáveres abran los ojos y susurren nombres.
Nadie los entiende — excepto ellas. Nadie los
entierra — excepto ellas. Es ley de los muertos:
si no se los entierra con sal y hojas de guayaba,
vuelven a caminar con la voz del que los mató.
El policía judicial, Miguel Vargas, sigue las
órdenes de la federación: no investigar, no
registrar, no tocar los cuerpos. Pero cada luna
llena, uno de ellos lo mira fijo. El tercer
cuerpo, el de un muchacho de catorce años con
una cruz de maíz en el pecho, le susurra: “Mamá
me dijo que lo hiciste tú.” No es voz humana. Es
el eco de un juramento roto. Él no mató al niño.
Pero sí mató al padre. Y el padre era su hermano.
La regla de los muertos es simple: si un cuerpo
nombra a un vivo, el vivo debe comparecer ante
el juzgado de los vivos. Nadie lo ha hecho.
Nadie ha sobrevivido. Pero esta vez, las mujeres
del pueblo arman el tribunal con sillas de
madera, velas de cera de abeja y una bandera de
la Revolución que nadie ha ondeado desde 1932.
El juez no es un hombre. Es la abuela que vendía
tortillas en el mercado de Uruapan y que vio
cómo los sicarios se llevaban a su hija en el 94.
Ella lleva un collar de dientes de coyote. Ella
sabe que los muertos no mienten.
Cuando Miguel entra, el aire huele a tierra
mojada y a quemado de copal. Las mujeres no
hablan. Solo levantan los brazos. Una de ellas
pone una cuchara de barro en su mano. Él la mira.
Sabe que si la usa, se convierte en verdugo. Si
no la usa, los muertos lo matarán con sus
nombres. La regla de la tierra: quien juzga,
también muere. Él se arrodilla. Llama al niño
por su nombre. Y dice: “Fui yo quien lo dejé
morir.”
El cuerpo del niño se levanta. No grita. No
llora. Solo le da la espalda y camina hacia el
río. Las mujeres se inclinan. La abuela saca una
llave de hierro viejo. La pone en la palma de
Miguel. Es la llave de la fábrica de azúcar
donde su hermano guardaba los cadáveres de los
que no pagaban. Él la guarda. No huye. No llora.
Sólo se levanta. Y se va hacia el norte, donde
la tierra aún recuerda cómo se entierra a un
hombre sin misa.
La luna sigue llena. Pero esta vez, nadie recoge
cuerpos. Porque ya no hacen falta.


