En 1928, en las afueras de Guadalajara, donde
los soldados revolucionarios quemaban campanas
por ser “símbolos del opresor”, la iglesia de
San Juan Bautista ya no tenía techo pero sí un
muro intacto: el que pintó el artista callejero
Mateo “El Pintor de Sombras” antes de que lo
encerraran. Lo acusaron de sacrilegio: en el
rostro de la Virgen de Guadalupe, había
escondido los ojos de un campesino desaparecido
por los federales. La ley decía que pintar caras
de rebeldes en santos era traición a la Patria,
y la pena, muerte. Pero nadie recordaba que en
1915, los cristeros habían enterrado bajo el
altar una imagen de la Virgen con un ojo de
obsidiana — un ritual prehispánico para ver la
verdad en la oscuridad. Esa era la regla
olvidada: si la imagen lloraba, la fe era más
fuerte que la ley.
Las mujeres del barrio — doña Lucha, la
costurera que cosía mortajas con hilos de
cempasúchil, y las tres hermanas que vendían pan
de muerto en la esquina — no lloraron cuando lo
llevaron. Se juntaron cada noche con velas de
cera de abeja y un huevo de gallina negra, que
ponían bajo la pared del calabozo. Al tercer día,
la pared se humedeció. Al quinto, salió una
mancha en forma de calavera. El carcelero la
borró. Al día siguiente, volvió, más grande. El
alcalde ordenó pintarla con cal. Nadie la borró
otra vez.
La fuga carcelaria no fue con cuerdas ni
palancas. Fue con el sonido de una campana que
no existía. Las mujeres tocaron el metal de las
campanas derribadas, golpeándolas con mazos de
madera, como hacían los indígenas cuando
llamaban a los muertos. Mateo despertó con el
olor a incienso y tierra mojada. Las paredes de
su celda estaban cubiertas de pintura fresca: no
era suya. Era la de cien manos, cada una con un
dedo manchado de azul de indigo, rojo de achiote,
negro de carbón. La puerta estaba abierta. No
había guardias. Solo una soga de henequén
colgando, y en el suelo, una calavera de barro
con dos ojos de obsidiana.
Salieron por el río seco, llevándolo en una
camilla hecha de puertas de casas desalojadas.
Llegaron a la iglesia. No había techo, pero el
muro aún estaba. Las mujeres le dieron pinceles
hechos de pelo de zopilote y tinta de hongos
negros. Él pintó sin parar. No a la Virgen. A
los desaparecidos. A los niños que murieron de
hambre en las marchas. A los curas que
escondieron armas bajo el altar. Cada rostro
tenía un ojo de obsidiana. Al amanecer, la
lluvia cayó por primera vez en seis meses. El
agua corrió por los ojos de las pinturas.
Lloraban. Las mujeres se arrodillaron. No
rezaron. CANTARON. Como antes de la guerra. Como
cuando el pueblo era uno.
Esa noche, el obispo de Jalisco mandó a los
federales a destruirla. Pero al llegar, la
iglesia ya no estaba. Había sido reemplazada por
un altar de tierra, con calaveras de barro, y en
el centro, una cruz de maíz. Las mujeres, con
sus mantas bordadas, formaban un círculo. Nadie
las tocó. El alcalde se arrodilló. Y lloró. La
ley no pudo con lo que ya había vuelto a creer.
La calavera de San Juan no era arte. Era memoria.
Y la memoria, en ese tiempo, era la única
revolución que no se podía matar.


