El río Yaqui lleva el olor a tierra húmeda y
sangre seca. En el barrio de La Merced, bajo la
sombra de los edificios que crecieron como
hongos tras la revolución, Mariana camina con
paso firme. No es una víctima. Es una mujer que
ha aprendido a sobrevivir en un mundo donde el
sexo es moneda y la lealtad, un lujo.
En 1976, las calles son testigos de un nuevo
poder: el crimen organizado. Los sicarios
recorren las vías del metro con sus miradas
frías. El gobierno, ocupado en modernizar la
ciudad, deja que la violencia florezca. Las
prostitutas, muchas de ellas hijas de migrantes,
se convierten en piezas clave de un juego más
grande.
Mariana es reclutada por una familia de narcos
que necesitan un rostro amable para sus negocios.
Su madre, viuda y dueña de un pequeño negocio de
ropa, no puede negarse. Es una alianza forzada,
pero Mariana lo acepta: si quiere proteger a su
hermana menor, debe aprender a jugar.
Las noches son una danza entre el peligro y el
realismo mágico. En los sótanos de los edificios
abandonados, se practica brujería ancestral para
ahuyentar espíritus que rondan los muertos sin
sepultura. Mariana descubre que su abuela era
curandera, y que parte de su sangre guarda
secretos que podrían cambiar el rumbo de su vida.
La violencia urbana no discrimina. Un sicario,
atrapado en una trampa de su propia creación,
muere asesinado por un rival. Su cuerpo es
encontrado en el río, flotando como un
recordatorio de lo que espera a quienes se
atreven a desafiar al poder. Mariana, ahora con
más información que antes, se enfrenta a una
elección: seguir siendo una herramienta o
convertirse en un arma.
Un pacto se rompe. La familia de narcos, al
darse cuenta de que Mariana no es solo una
figura decorativa, decide eliminarla. Pero ella
ya tiene su propio plan: usar la bruja que vive
en el barrio, una mujer de piel oscura y ojos
que brillan como estrellas, para llamar a los
espíritus de los muertos y hacerles pagar.
La noche del 12 de diciembre, el río Yaqui
escupe cadáveres. Los espíritus, libres de su
encierro, buscan venganza. Mariana, rodeada de
imágenes de santos y velas quemadas, siente el
peso del matriarcado en sus hombros. No es una
víctima. Es una voz. Y por primera vez, nadie
puede silenciarla.


