En 1993, la colonia San Juan de Dios ya no tenía
luz ni agua, pero sí una iglesia de madera donde
doña Elvira, de 68 años, quemaba copal y
trenzaba hilos de hilo rojo con semillas de chía
para curar fiebres de niños. Nadie decía que era
bruja. Todos sabían que era la única que no
pedía dinero.
El niño de siete años, Mateo, apareció colgado
del puente del arroyo seco con un cartel de
cartón en el pecho: “Esto pasa cuando se chinga
a los de arriba”. Nadie lo vio caer. Pero doña
Elvira lo vio en el sueño: el muchacho con los
ojos abiertos, diciéndole en náhuatl que el que
lo mató llevaba un reloj de pulsera de plástico
negro, igual al que usaba el hijo del dueño del
almacén de motos.
Al día siguiente, ella lo dijo en voz alta en la
fila del pan. “Fue el hijo de Chuy el Mecánico.”
No gritó. No lloró. Solo lo dijo.
La vecindad se calló.
Esa noche, tres hombres con chaquetas de cuero y
botas de caña alta entraron a la casa de doña
Elvira. No robaron. No pegaron. Solo encendieron
una vela de cera de abeja en el altar de la
Virgen de Guadalupe y la dejaron allí. La vela
no se apagó en tres días.
Entonces, los vecinos se organizaron.
No llamaron a la policía. No pidieron justicia.
Juntaron sillas, tablas de madera y una bolsa de
cal.
A la madrugada del jueves, cuando el hijo de
Chuy salió a buscar gasolina, lo atraparon en la
esquina de la tienda de la señora Lucha. Lo
desnudaron hasta la cintura. Le pusieron un
collar de espinas de nopal. Le clavaron en el
pecho una medalla de San Judas Tadeo que doña
Elvira había bendecido —la misma que él le robó
a su hermana muerta.
No lo mataron.
Lo dejaron allí.
Con las manos atadas, el cuerpo lleno de
rasguños, y la medalla clavada como un sello de
condena.
Mientras el sol subía, la gente salía a verlo.
Algunos oraban. Otros le escupían.
Doña Elvira no salió.
A la tarde, el cuerpo desapareció.
A la mañana siguiente, el hijo de Chuy estaba en
la puerta de su casa. Vivo. Pero sin lengua. Sin
uñas. Y con los ojos cosidos con hilo de costura.
Ella no lloró.
Solo prendió otra vela.
Y en el suelo, con tiza, dibujó una serpiente
emplumada.
Al día siguiente, la tienda de motos se incendió.
Nadie lo dijo.
Pero todos supieron.
La justicia no era de la ley.
Era de la tierra.
Y la tierra, en San Juan de Dios, no olvida.


