En 1921, Doña Rosalía entierra bajo el piso de
adobe de su casa en Michoacán las tres máscaras
de obsidiana que su abuela teotihuacana le dejó,
tras ver cómo los federales quemaban el templo
de Xochicalco. No es oro, no es plata: son voces.
Quien las toca, oye a los muertos pedir justicia.
Esa noche, un soldado le apunta a la frente por
negarse a entregarlas. Ella no habla. Solo
cierra los ojos. El soldado se va. Nadie vuelve
a preguntar.
Treinta años después, en 1954, su nieta Lupita,
ya viuda y con tres hijos, trabaja limpiando
casas en la Ciudad de México. El dinero no
alcanza. Su hijo menor está en el hospital con
fiebre reumática. El médico le dice que la
operación cuesta mil pesos. No hay crédito, no
hay ayuda. El dueño del taller de costura donde
trabaja le ofrece un adelanto: cien pesos, pero
ella debe entregarle un objeto de valor que no
se pueda rastrear. Lupita recuerda el cuento de
su abuela: “Lo que no se vende, se entierra”.
Busca bajo el piso de la casa que heredó, en la
colonia Doctores. Las tablas están podridas.
Bajo la tierra, las máscaras brillan como piel
de serpiente bajo la luna.
Ella no las toca. Las cubre con un pañuelo de
hilo. Sale a la calle. Va al mercado de Sonora,
donde los vendedores de curandería saben quién
es quién. Le ofrece las máscaras a un hombre con
ojos de cíclope. Él las mira. Se queda callado.
Le da quinientos pesos. Le dice: “Esto no es
para curar. Es para matar”. Ella no pregunta.
Sabe que el dinero no es suficiente. Vuelve a
casa. Esa noche, prende una vela de cera de
abeja y coloca las máscaras sobre el altar de la
Virgen de Guadalupe. Llora sin ruido. Al
amanecer, el hombre regresa. Trae otros
quinientos. No dice nada. Solo deja un sobre con
una foto: su hijo en la cama, respirando mejor.
El médico dice que se curará. Lupita no dice
dónde consiguió el dinero. Nadie pregunta. Pero
cada mañana, ella enciende una vela y coloca una
flor de cempasúchil junto a las máscaras. El
vendedor nunca vuelve. Y las máscaras… ya no
brillan. Solo se sienten frías. Como si ya
hubieran hablado.
La deuda se pagó. Pero el costo fue la memoria.
Y aún así, ella sigue encendiendo velas. Porque
lo que se entierra no muere. Solo espera.


