En los arrabales de Ciudad Juárez, 1992, las
paredes de las colonias populares se cubren de
santos con ojos de vidrio y alas rotas. La
violencia urbana ya no es ruido: es el aire que
se respira. Cada semana desaparece un niño. Cada
mes, un mural desaparece con él.
Elena, artista callejero, pinta sin firma. Sus
santos no tienen nombres, solo cicatrices. Usa
pintura de cal y sangre de gallina, como le
enseñó su abuela — una regla que nadie menciona,
pero todos respetan: quien toca la tinta de los
santos de Elena, muere en tres días. No es
brujería. Es miedo. Y el miedo mueve más que las
leyes.
Un camión de la policía revienta el muro donde
ella pintó a la Virgen de Guadalupe con el
rostro de su hijo. La bala le atravesó el cráneo.
No murió. Pero el cerebro se apagó como un radio
sin pilas. Olvidó su nombre. Olvidó que tuvo un
hijo. Olvidó que su marido fue llevado por los
sicarios en el 91.
Pero sus manos no olvidaron.
Cada madrugada, antes del alba, Elena camina con
el bote de pintura en la espalda, sin rumbo. Se
detiene donde el muro está más agrietado. Pinta
sin mirar. Sin pensar. Y lo que sale no son
santos. Son caras. Niños. Rostros de los
desaparecidos. Uno por uno. Con el mismo estilo:
ojos de vidrio, alas rotas.
El obispo la llama hereje. El alcalde la ordena
detener. Los sicarios la observan desde los
techos. Nadie sabe que cada rostro que pinta es
uno que ella ya no recuerda… pero su cuerpo sí.
En la noche del 14 de septiembre, Día de la
Virgen, pinta en el muro del antiguo templo de
San Juan de los Lagos. No es un santo. Es un
niño de ocho años, con una flor de cempasúchil
en la mano. La misma que llevaba el día que lo
perdieron.
Al amanecer, cientos de mujeres llegan con velas.
No rezan. Solo lloran. Alguien deja un pañuelo
con el nombre de su hijo cosido en la orilla.
Nadie lo dijo. Nadie lo supo. Pero Elena lo
pintó.
Esa tarde, una mujer la toma de la mano. Le pone
en la palma un pequeño cráneo de barro, tallado
como los de la tradición mixteca. “Lo
encontramos en el cauce del Río Bravo”, dice.
“Estaba junto a su mochila.”
Elena no responde. No recuerda. Pero sus dedos
aprietan el cráneo hasta que la arcilla se rompe.
Y de su interior cae una foto descolorida: un
niño, una mujer, un mural en la pared.
Ella se sienta en el suelo. Pinta la foto.
Y por primera vez, desde que olvidó, llora.
No por lo que perdió.
Por lo que nunca dejó de recordar.


