Doña Rosa hornea calaveras de azúcar con polvo
de huesos de niños desaparecidos, cada una con
el nombre grabado en la frente. Nadie sabe que
las dejan en las esquinas donde los sicarios
dejaron cadáveres sin identificar. Las calaveras
no se derriten. Se vuelven más duras. Y por la
noche, cuando cae la bruma sobre Tepito,
murmuran en náhuatl los nombres de los que ya no
están.
El sistema no los registra. El gobierno los
borra. Pero la tierra los guarda.
Un policía judicial, el único que aún firma
actas con su nombre completo y no acepta
sobornos, encuentra una calavera en la entrada
de un cadáver hallado en un pozo seco. El nombre:
“Jesús, 12 años, 2015”. Él la guarda. Esa noche,
su hija pequeña le dice: “Mamá, la muñeca de
azúcar me abrazó”.
El cártel lo sabe.
La deuda impagable no es dinero. Es sangre. El
jefe del cártel, un exsacerdote que lleva una
cruz de obsidiana, le exige a Doña Rosa: “Haz
una calavera con mi nombre. O dejas de hornear”.
Ella no responde. Solo enciende una vela de cera
de abeja en su altar de esquinas.
La ley prohíbe quemar velas en la calle. Pero
nadie la detiene. Nadie quiere tocar lo que aún
respira entre los muertos.
La noche que ella hace la calavera con su nombre
—la primera vez que una calavera lleva el nombre
de un vivo—, la tierra se agrieta bajo su patio.
Salen raíces negras, como venas, que se enredan
en las botas de los sicarios que llegan a
matarla.
Uno cae. Luego otro.
El policía llega tarde. Solo encuentra a Doña
Rosa sentada sobre la tierra rota, con las manos
en la tierra, cantando en voz baja un canto de
los viejos. Las calaveras a su alrededor ya no
son de azúcar. Son de hueso. Y todas hablan.
La ciudad sigue su rutina. El gobierno niega. La
iglesia calla.
Pero en las esquinas, nuevas calaveras aparecen
cada luna nueva. Sin nombre. Sin dueña.
Y nadie las toca.
Porque ahora, la justicia no la hace el Estado.
La hace la tierra.
Y Doña Rosa ya no es mujer.
Es altar.


