Un campesino muere en el arroyo con el pecho

abierto, como si un animal lo hubiera arrancado.

La sangre forma círculos sobre la tierra. Los

ancianos murmuran que es el castigo de los

dioses por olvidar sus rituales. El cacique

local, un hombre de barba rala y ojos hundidos,

ordena que el cuerpo sea quemado antes del

amanecer. No hay preguntas.

El pueblo vive bajo un pacto: los hombres cuidan

de la tierra, las mujeres de los secretos. Pero

ahora, el cacique empieza a hablar con un

espíritu que no es de este mundo. Dice que los

dioses quieren un nuevo altar, hecho de huesos y

sangre. Nadie pregunta cómo sabe eso. Nadie dice

que el cacique ya no duerme.

Una mujer joven, hija de un albañil, encuentra

un fragmento de obsidiana en el bosque. Lo lleva

a casa, pero esa noche siente una voz en su

cabeza. La voz le habla en un idioma antiguo, le

promete poder si le da un hijo. Ella no responde,

pero desde entonces, sus manos se llenan de

cicatrices que no sanan.

El cacique convoca a los hombres del pueblo para

una ceremonia. Les dice que el dios necesita un

sacrificio humano. Los hombres protestan, pero

él les muestra un mapa del cielo con estrellas

que no existen. Ellos creen que es magia, pero

no saben que es una trampa. Al final, el cacique

mata a un niño de cinco años, lo coloca sobre un

altar de piedra y empieza a gritar palabras que

no tienen sentido.

Las mujeres del pueblo se reúnen en la cueva de

la montaña. Allí, una anciana les revela que el

cacique no es un hombre, sino un espíritu que se

ha apoderado de su cuerpo. Le dicen que deben

matarlo antes de que el dios complete su ritual.

Ellas aceptan, pero no con armas. Usan veneno en

la comida, y lo dejan dormir. Cuando lo

encuentran, su cuerpo está frío, pero sus ojos

están abiertos, mirando hacia el cielo.

La tierra se mueve. El río cambia de dirección.

Las flores de la siembra mueren. Las mujeres del

pueblo deciden no dejar que el dios siga

viviendo. Cuentan historias de los antepasados,

de los que resistieron antes. En la noche, todas

se juntan en el campo y cantan una canción que

nadie recuerda, pero que todos saben. El viento

se levanta, y el cielo se abre. Un fuego azul

baja del cielo, y el cacique, ahora solo piel y

hueso, se desintegra. La tierra se calma. La

sangre se va. Y las mujeres, por primera vez,

caminan sin temor.