El barrio de San Ángel ya no tiene luz eléctrica

desde que el ejército cortó los cables en ’92.

Las calles se iluminan con velas de cera de

abeja y el humo de copal que sube de las casas

como respiración de los muertos. La gente sabe:

cuando el viento trae olor a tierra mojada y

hojas de cempasúchil, es porque el mundo se

desequilibra.

Doña Rosa, que nadie llama por nombre, lleva

treinta años enterrando a los hijos de otros en

el patio trasero de su casa. No es curandera, no

es bruja: es quien recuerda. Sus manos tocan las

heridas y saben si el alma se fue por violencia

o por olvido. Su hijo, Luis, lo mataron por no

entregar el dinero del botín. Lo dejaron en la

esquina de la escuela, con un billete de cien en

la boca. Nadie lo recogió. Ella lo llevó a casa,

lo lavó con agua de lluvia, lo vistió con la

ropa que él usaba el día que se fue a buscar

trabajo en la frontera.

El sicario aparece tres noches después. No huye.

Lleva una bolsa de tela con cinco cajas de

cigarros, un rosario de semillas de huizache y

una camisa manchada de sangre seca. Se arrodilla

en el umbral. No pide perdón. Dice: “Me

obligaron”. Ella no responde. Sabe que los

hombres como él no mienten. Solo que no importa.

La ley de los antiguos dice: quien derrama

sangre sin justicia, debe pagar con la suya…

pero solo si alguien con manos limpias lo exige.

Nadie más se atreve. Los políticos callan. La

policía se compra. Los curas bendicen los autos

blindados. Pero Doña Rosa no es de la iglesia ni

del estado. Es del otro lado. Del que vive en

las raíces.

Esa noche, bajo la luna de Xochiquetzal,

enciende cuatro velas en el suelo: norte, sur,

este, oeste. Pone sobre ellas hojas de maíz, sal

de mar, cenizas de árbol de fuego y una piedra

negra que traía su abuela de Chalma. Coloca al

sicario en el centro. Le pide que cierre los

ojos. Él lo hace. No llora. No rezará.

Ella toma un cuchillo de obsidiana, el que usó

su madre para cortar el cordón umbilical de su

primer hijo. Lo clava en la tierra entre sus

piernas. La tierra se mueve. No es magia: es

memoria. Las raíces viejas de un ahuehuete que

creció sobre una tumba azteca se levantan,

lentas, como dedos de piedra. Enrollan las

piernas del hombre. No lo aprietan. Lo sostienen.

Le quita la camisa. Le pone una flor de

cempasúchil en el pecho. Le corta la yema del

dedo índice. La sangre cae sobre la piedra negra.

La tierra la absorbe. Se escucha un susurro que

no viene de nadie: “El equilibrio no perdona.

Solo recuerda.”

Al amanecer, el sicario ya no camina. Está

sentado, con la espalda contra la pared, los

ojos abiertos, la cara tranquila. No hay herida.

No hay herido. Solo un cuerpo que dejó de ser

parte del mundo. Nadie lo busca. Nadie lo

extraña. El barrio lo sabe: lo que se pide con

manos limpias, se paga con alma limpia.

Doña Rosa entierra la piedra negra bajo el

ahuehuete. Pone una vela encima. Y el viento

trae el olor de la tierra mojada. No es tristeza.

Es justicia. La única que no se vende.