La tierra se agrietó cuando el primer hijo murió.
No por bala, sino por un chisme que corrió en la
feria de Uruapan: que su casa era escondite de
armas. Los sicarios vinieron con luces apagadas
y voces de perros. Ella los vio entrar. No gritó.
Solo cerró la puerta, tomó el cuchillo de la
cocina, y cortó un mechón de su pelo. Lo enterró
bajo el altar de la Virgen de la Soledad, donde
ya yacían otros cuatro pedazos de sus hijos.
La bruja no nació. Se hizo. Su madre, en los
tiempos de la Revolución, aprendió de los
curanderos purépechas a coser almas con hilos de
raíz de jamaica y lágrimas de luna. Ahora, en
los años 90, cuando el narcotráfico se volvió
ley y el Estado se fue a dormir, ella usó ese
saber. No para curar. Para volver. El primer
hijo regresó con los ojos de cristal y la voz de
un río seco. Le dio agua. Le dio pan. Y al
tercer día, el maíz de su milpa se volvió negro.
Las gallinas se deshicieron en plumas que olían
a azufre.
La regla era clara: cada vuelta de un muerto
cuesta una parte viva de la tierra. Una casa se
hunde. Un pozo se seca. Un niño nace sin piel.
Ella no lo sabía hasta que su hija menor, de
siete años, despertó con los dedos cubiertos de
musgo. Entonces supo: no era magia. Era deuda. Y
el mundo ya no tenía más que dar.
Cuando el ejército llegó con camiones y cámaras,
pensaron que era un foco de narcos. No sabían
que los cuerpos que ella enterraba en el huerto
no eran de sicarios. Eran sus propios hijos. Los
que ya no lloraban. Los que ya no comían. Los
que ahora caminaban con los pies clavados en la
tierra, sin moverse, sin hablar, pero con las
manos siempre tejidas en el aire, como si
cosieran el cielo.
La noche que el último hijo regresó —el que
murió por defender a una niña que no era suya—,
ella no usó raíces. Usó sus dientes. Se los
arrancó uno a uno y los enterró en la cruz de
madera que había sido el techo de su casa. El
suelo se abrió. Las raíces salieron como venas
negras. Las hojas de los árboles se volvieron de
papel de moneda. Y el ejército, al verlo, se
detuvo. No dispararon. No gritaron. Alguien
murmuró: “Esto no es guerra. Esto es lo que
dejamos que creciera.”
Al amanecer, el pueblo ya no estaba. Solo quedó
una hondonada cubierta de flores de cempasúchil
que no se marchitaban. Y en el centro, una mujer
sentada, sin dientes, con las manos cosiendo el
aire. A su lado, cinco cuerpos de niños,
inmóviles, con las palmas abiertas. Como si aún
esperaran que alguien les diera algo. Como si
aún creyeran que la justicia era algo que se
puede tejer.


