En 1927, en las sierras de Michoacán, los
cristeros ya no matan en nombre de Dios: matan
porque el gobierno les quitó las campanas, las
escuelas y las tierras. El padre Mateo,
sacerdote heterodoxo, celebra misas en cuevas
con agua bendita mezclada con aguardiente, y
entierra a los caídos sin crucifijo, sin nombre,
sin rito. La regla dura: quien no recuerde el
nombre del muerto, su alma se vuelve viento y
persigue a quien lo olvidó. Él lo sabe. Por eso
olvidó.
Cada noche, antes de dormir, enciende una vela
de cera de abeja que su madre le dio en 1915,
cuando lo mandaron al seminario. La vela no se
apaga. Nadie más puede hacerlo. Esa es la
segunda regla: solo un sacerdote que ha matado
puede mantener viva una llama que no se consume.
Él la enciende porque necesita recordar quién
mató a quién. Pero ya no recuerda.
En 1932, el pueblo de San Mateo Tlalixcoyan
desaparece de los mapas. Los soldados lo
quemaron por sospechar que el cura escondía
armas en el confesionario. Solo queda el
cementerio, medio derrumbado, con cruces de
madera sin nombres. Y él, vivo, con la memoria
como un río seco. Hasta que una niña de ocho
años, hija de un sicario que él mismo enterró
sin bendición, lo encuentra con un puñado de
huesos en una bolsa de arpillera. Le dice: “Mi
papá dice que tú le pusiste nombre cuando lo
mataste. Pero tú no lo recuerdas.”
Esa noche, la vela se enciende sola. Mateo se
despierta gritando: “José María Ruiz, 19 de mayo,
1929. Lo maté por un burro.” El nombre sale como
un hueso roto. Al día siguiente, tres hombres
aparecen en el atrio con cuchillos de obsidiana.
No vienen a matarlo. Viene a que les diga el
nombre del que les quitó a sus padres. Él no
recuerda. Entonces uno de ellos le corta el dedo
meñique y lo deja en el altar. La regla se
activa: quien olvida, pierde. Y él ya perdió uno.
En 1938, la vela se apaga. La niña, ahora mujer,
lo encuentra en la iglesia en ruinas,
escribiendo nombres en la pared con ceniza de
sus propios muertos. No hablan. Ella le pone una
flor de cempasúchil en la mano. Él levanta la
cabeza. Por primera vez en nueve años, llora sin
sonido. No recuerda si la mató. Pero sabe que sí.
La vela nunca se volvió a encender. Nadie volvió
a verlo. Solo se dice que, en las noches de
lluvia, entre los huesos del cementerio, se
escucha un susurro en náhuatl: “No me pidas que
recuerde… ya no tengo manos para escribirlos.”


