La tierra de Doña Elvira ya no pertenece al

Estado ni a la Iglesia: pertenece a quien la

recoge con los pies descalzos y canta el tonal

en la luna llena. Su nieta, Mariana, hereda el

terreno bajo la ley de las raíces: si no

entierra el maíz azul en el cemento del altar

viejo antes del amanecer del Día de Muertos, el

pueblo se seca. Nadie lo dice. Todos lo saben.

El cura Ángel, que se hizo sicario tras la

Guerra Cristera, vuelve disfrazado de párroco.

Lleva un rosario de balas y una carta firmada

por el gobernador: “Reconstruir la iglesia,

expulsar a las brujas”. Pero la iglesia ya no es

de piedra. Es de huesos, raíces y maíz que crece

entre los ladrillos rotos. Las mujeres del

pueblo la alimentan con leche de chía y gritos

callados.

Mariana no habla. Solo planta. Cada noche, bajo

el ojo de la Virgen de Guadalupe con ojos de

obsidiana, entierra un puñado de maíz en el

pecho del cura, mientras él duerme en el púlpito.

El maíz germina en su lengua. Le nacen hojas por

la garganta. No muere. Se vuelve planta. Se

vuelve testimonio.

El día que el gobernador manda a los federales,

Mariana abre la puerta de la iglesia. El cura ya

no habla. Tiene raíces en la boca. Las hojas le

cubren los ojos. Las mujeres del pueblo levantan

sus manos: no son brujas. Son juezas. No hay

juicio. Hay cosecha.

Los federales caen de rodillas. No por miedo.

Porque el maíz les crece entre los dientes. Uno

se ahoga. Otro se convierte en árbol. El tercero

se levanta y camina hacia el norte, sin mirar

atrás. Nadie lo persigue.

La iglesia ya no tiene techo. Pero el maíz crece

en todas las paredes. El pueblo no lo celebra.

Lo calla. Como se calla la sangre cuando ya no

duele. Mariana no heredó tierra. Heredó una ley:

que el poder se entierra con raíces, no con

balas. Y que la justicia popular no se declara.

Se siembra.