En los montes de Michoacán, 1928, el cacique

Leónidas Mendoza mantiene el orden con fusiles y

misas diarias. La tierra que repartieron los

revolucionarios vuelve a él: los campesinos

trabajan sus campos bajo la amenaza de

desaparecer, y la iglesia lo bendice como

defensor de la fe. Nadie pregunta por los

cadáveres enterrados en las raíces del encino

viejo.

La hija menor, Rosaura, de quince años, empieza

a caminar descalza por los caminos de piedra a

medianoche, hablando en náhuatl antiguo. No

duerme. No come. Sus ojos se vuelven negros como

el obsidiana. Los curas vienen, exorcizan con

agua bendita y crucifijos, pero la voz que sale

de su garganta ríe: “¿Cuántos de los tuyos

murieron en el pozo del rancho?”. El sacerdote

se va. La iglesia lo excomulga. La tierra se

agrieta alrededor de la casa.

Leónidas quema las cartas de los zapatistas que

encontró en el cofre de su esposa muerta. Las

cenizas se levantan en forma de pájaro negro.

Esa noche, Rosaura arrastra un costal de huesos

desde el bosque —huesos de hombres que él hizo

enterrar vivos por negarse a entregar la tierra—

y los coloca en el altar de la capilla. No hay

velas. Solo el viento. Ella canta la canción de

los muertos que no fueron sepultados.

Al amanecer, el ganado se ahoga en sus propios

establos. Las raíces del encino viejo atraviesan

el piso de la casa y se enredan en las piernas

de Leónidas. El cura que se fue regresa con un

grupo de campesinos armados con hachas y

rosarios. No vienen a matarlo. Viene a verlo. El

cacique intenta correr, pero las raíces lo

sujetan como cadenas de tierra viva. Su voz ya

no es suya: “Tú no eres el dueño. Tú eres el que

olvidó”.

Rosaura se queda de pie frente a él, con los

ojos claros otra vez. No habla. Solo le entrega

un puñado de semillas de amaranto. Él las

aprieta en la palma. Las semillas brotan entre

sus dedos, negras y vivas. El viento se calma.

El encino se parte por la mitad. El sol sale.

El cacique no muere. Se queda de rodillas, con

las manos llenas de tierra que no deja de crecer.

Los campesinos se van sin tocarlo. La iglesia lo

llama hereje. La tierra lo llama hijo. Rosaura

se marcha al norte, con el costal de huesos y

una manta tejida por su abuela. Nadie la busca.

Nadie la encuentra.

La leyenda dice que cuando llueve fuerte en el

valle, aún se escucha cantar la canción de los

muertos. Y que las semillas de amaranto, si se

plantan en la tierra de Leónidas, germinan con

sombra de hombre.