En 1987, cuando las escuelas públicas dejaron de
enseñar catequesis y el obispo ordenó quemar los
retablos de san Miguel, la Señora Ríos volvió de
Texas con el cabello cortado al ras y dos
maletas: una llena de libros de Marx, la otra de
huesos envueltos en tela de henequén. Nadie supo
de dónde los trajo. Solo que los puso en el
atrio de la capilla de Santa Lucía, bajo la
imagen de la Virgen con cara de soldado.
Los estudiantes del Instituto de San Agustín, ya
hartos de que los maestros fueran policías en
camisa de cuadros, empezaron a pintar en las
paredes: “¿Dónde está tu milagro, madre?”. El
viernes de la primera luna llena de octubre, uno
de ellos sacó un cráneo de la bolsa de la Señora
y lo puso sobre el altar. No era de un indígena.
Era de un niño de diez años que desapareció en
’82, cuando los federales entraron a la
comunidad de Xochimilco a buscar armas entre los
campesinos. El obispo gritó que era brujería. La
Señora no respondió. Solo encendió tres velas de
cera de abeja, como en los tiempos antes de que
la iglesia prohibiera el uso de flores de
cempasúchil en los altares.
Esa noche, los sicarios que cobraban “derecho de
paso” en el mercado de Coyoacán dejaron ofrendas
en la puerta de la capilla: un par de botas
rotas, una foto de un niño con ojos de cristal,
y un pañuelo manchado de sangre seca. No era por
miedo. Era por reconocimiento. La Señora Ríos
había sido maestra en el norte, antes de que la
mataran a su hijo por llevar libros a los hijos
de los peones. Y antes de eso, su abuela le
enseñó a coser los muertos con hilos de uña de
gato, para que no se perdieran en el camino.
El lunes, la policía llegó con órdenes de
desalojar. Pero la gente de la colonia ya no los
dejaba pasar. Las mujeres, con mantas de lana
tejidas por sus abuelas, formaron un círculo
alrededor de la capilla. Los niños, con máscaras
de cartón pintadas como calaveras, cantaban el
himno de la Revolución, pero con las palabras
cambiadas: “¡Por la tierra y por los huesos!”.
Cuando el sacerdote intentó bendecir el fuego
para quemar los huesos, la Señora levantó la
mano. Y del suelo, entre las losas, brotó un
tallo de maíz azul. Nadie lo había sembrado.
Nadie lo había regado. Solo se movió, como si
respirara, hasta que sus hojas se abrieron y
mostraron dentro una hoja de papel con el nombre
de cada niño desaparecido desde el ’78. El
obispo se derrumbó. No por el milagro. Porque
reconoció la letra. Era la suya. La que escribió
en los registros de bautismo, cuando fingió que
los niños no existían para no abrir la puerta a
las investigaciones.
Al amanecer, la capilla se convirtió en escuela.
Las mujeres de la colonia enseñaban lectura con
los nombres de los muertos. Los jóvenes, ya sin
miedo, copiaban los libros de la Señora en
cuadernos de papel reciclado. Y cada noche,
antes de dormir, ponían una flor de cempasúchil
junto a la puerta. No por la Virgen. Por los que
no volvieron. Y por la ley que nunca se escribió:
que los muertos no se entierran, se recuerdan. Y
que quien los olvida, también se muere.


