Rosario caminó con las botas llenas de ceniza
por los caminos de San Juan de los Llanos, donde
los campos ya no dan maíz, solo esqueletos de
trigo quemado por los bombardeos de la Guardia
Nacional. El Postapocalíptico no vino con
meteoritos: vino con leyes que desarmaron a los
campesinos, y con clérigos que bendijeron las
balas como si fueran hostias. Ella llevaba en el
cuello un colgante de obsidiana tallada por su
abuela —no por devoción, sino porque los santos
ya no escuchaban, y los muertos sí.
Hace diez años, Rosario mató a un capo que violó
a su hija de siete años. Lo hizo con un cuchillo
de matar pollos y un rosario de semillas de
nopal. Nadie la juzgó. Nadie la celebró. La
iglesia la excomulgó. El pueblo la echó. El
crimen organizado la reclutó. Se volvió sicario
leal: no por dinero, sino porque cada muerto era
una oración que nadie más decía.
Regresó cuando el jefe le dio una foto: el cura
que bendijo la masacre de la escuela rural, el
mismo que le dijo en la confesión: “Dios perdona,
pero el Estado no”. Él vivía ahora en una
catedral convertida en cuartel, con rejas de
hierro y un altar de armas. La regla que no se
decía en voz alta: ningún sicario toca a un
clérigo. Si lo haces, tu nombre se borra del
mapa, y tu sangre se usa para bendecir las
nuevas armas. Rosario la rompió.
Entró al templo en la hora de la misa silenciosa,
cuando los soldados rezan con las armas en el
regazo. No disparó. No gritó. Colocó el cuerpo
del cura sobre el altar, con las manos juntas,
como si aún rezara. Luego, con el cuchillo de
siempre, cortó una tira de su propia carne del
brazo y la puso sobre la hostia. Los soldados no
se movieron. Alguien dijo una palabra: “Mártir”.
Nadie más.
Al amanecer, Rosario se sentó en la tumba de su
hija, bajo el árbol de chicozapote que aún daba
frutos. Sacó del bolsillo una caja de madera:
dentro, cinco fotos de niñas desaparecidas. Las
había recogido en cada ejecución. Las llevaba
como reliquias. Las puso en la tumba, una por
una. Luego encendió una vela de cera de abeja
salvaje —la misma que su madre usaba en los
entierros de antes de que el petróleo arrasara
el pueblo.
A la noche, los vecinos empezaron a llegar. Sin
armas. Sin gritos. Sólo con velas y cantos en
náhuatl. Nadie la abrazó. Nadie la perdonó. Pero
colocaron una corona de flores de cempasúchil en
la puerta de su casa, y dejaron un plato de mole
con tortillas de maíz negro. La justicia popular
no se hace con balas. Se hace con memoria.
Esa madrugada, Rosario se fue hacia el norte,
sin mirar atrás. Pero en el suelo, donde se
sentó, nació una flor azul que nadie había visto
antes. La llamaron “la flor de la que no lloró”.
Los viejos dicen que es el alma de las niñas que
no tuvieron sepultura. Los jóvenes la usan en
las marchas. Nadie sabe que Rosario la plantó.
Ni que ella ya no vive. Solo que cada vez que
llueve, el suelo huele a nopal quemado y a
incienso.


