La ciudad de Tepozán ya no tiene nombre. Solo

restos de cemento cubiertos de musgo y ceniza,

donde los techos de tinaco se alzan como dientes

rotos. El mundo terminó con el fuego del 2043,

cuando el último gobierno nacional se deshizo en

un golpe de estado orquestado por generales que

juraron defender la Constitución. Ahora, cada

casa tiene un altar improvisado, y cada altar

lleva una foto quemada de alguien que nunca

regresó.

El sistema de supervivencia está basado en el

trueque de servicios: comida por trabajo, agua

por información, sexo por protección. Las

mujeres que no pueden trabajar en la tierra o en

las minas se venden. Pero en Tepozán, hay una

que no se vende: Lila, conocida como la que no

pide nada. Ella no acepta dinero. A cambio,

exige acceso a los archivos del antiguo gobierno,

los únicos que aún existen en una caja metálica

bajo el templo de San Juan.

La ley oral dice: nadie toca los archivos sin el

permiso de la matriarca. Y la matriarca es su

madre, muerta en 2041, asesinada por un general

que ahora comanda la nueva dictadura. Lila sabe

que su madre guardaba pruebas del golpe de

estado —no solo de quién lo ordenó, sino de cómo

el ejército usó a las mujeres como moneda de

cambio para silenciar a los rebeldes.

Cuando un grupo de soldados entra al templo

buscando a un desertor, Lila no huye. Pone un

cerrojo en la puerta, enciende un cirio con

aceite de oliva y deja caer una carta sobre el

altar. En ella, no hay nombres. Solo un dibujo:

una mano con anillo de oro rompiendo una cadena.

La siguiente mañana, el general que comanda la

ciudad aparece muerto en su cama. Su cuerpo está

cubierto de polvo de huesos, como si lo hubieran

enterrado vivo. La cámara de seguridad muestra

que fue Lila quien entró. No hay rastro de arma.

Solo el olor a incienso de copal y el eco de una

canción vieja: “No me digas adiós, que yo ya te

he perdido”.

La ciudad no reacciona. No grita. Solo se queda

en silencio, como si el aire se hubiera vuelto

más pesado. Por primera vez desde el apocalipsis,

algunos empiezan a preguntarse si el pasado no

era tan malo como creían.

Lila desaparece. Algunos dicen que se fue al

norte, hacia la frontera donde los mapas ya no

sirven. Otros afirman que sigue viva, escondida

bajo el templo, atendiendo a quienes vienen a

buscar respuestas. Cada noche, el altar se

ilumina con una luz amarilla. Y en la pared,

detrás del retrato de su madre, aparece un nuevo

dibujo: esta vez, una mujer con una espada hecha

de hilos de luna.

Nadie sabe si la traición familiar fue el origen

del golpe. Nadie sabe si Lila lo planeó. Lo

único cierto es que el mundo cambió. Y eso, en

este lugar, es lo más melancólico de todo.