La ciudad se derrumbó bajo el peso de una guerra

que nadie entendió. El aire huele a ceniza y

metal oxidado. Los edificios son huesos de lo

que fue. Nadie sabe cuánto tiempo pasó desde que

el gobierno dejó de funcionar. Solo saben que

ahora viven en la tierra de los silencios, donde

las palabras tienen un precio.

El estudiante activista lleva meses escondido

tras un muro de ladrillos rojos. Sabe que su

nombre ya no importa. Solo importa sobrevivir.

Su padre fue ejecutado por desobedecer una ley

que no existía antes. Su madre lo envió lejos,

con un mensaje: "No vuelvas hasta que el mundo

sea otro".

Caminó durante días sin mapa, sin luz, sin

compañía. Solo el sonido de su respiración y el

eco de sus propios pasos. Encontró un lugar

donde los demás no llegaron: una zona de cultivo

abandonada, rodeada de árboles muertos. Allí

construyó una cabaña con ramas y tela de sacos.

No tenía electricidad, ni agua corriente, pero

sí una fuente de noticias clandestina: un

transmisor viejo, arreglado con piezas de

chatarra.

Una noche, escuchó una voz familiar. Era la voz

de su hermana, que había sido reclutada por un

grupo que llamaban "Los Hombres". Dijo que el

régimen estaba usando armas químicas en las

ciudades. Que el pueblo no podía resistir más.

Que el estudiante activista era la única

esperanza para cambiar algo.

No sabía si creerla. Pero no tenía otra opción.

Se metió en un tren sin destino, con una mochila

llena de ropa y una pistola robada. Llegó a una

zona controlada por "Los Hombres", donde los

niños eran entrenados para ser soldados. Allí

aprendió que el mundo no era solo silencio, sino

también violencia. Que la justicia no era un

ideal, sino un acto.

Un día, encontró un diario antiguo. Hablaba de

una tierra donde los ricos no tenían poder,

donde los pobres no eran esclavos. Donde la

tierra era propiedad de todos. Decidió ir allí,

aunque no sabía si existía. La ruta era

peligrosa. Las reglas del nuevo mundo eran

claras: no llevar armas, no hablar de lo que

pasó, no buscar venganza.

Caminó durante semanas, atravesando zonas donde

los muertos aún caminaban. Al final, llegó a un

lugar donde los árboles no tenían hojas, pero

las personas sí tenían esperanza. Allí, decidió

no volver. No porque no hubiera dolor, sino

porque el dolor ya no era su único amigo.