En 1992, mientras los estudiantes de la UNAM
ocupan el patio central para protestar contra el
recorte de becas, Javier de 19 años encuentra
bajo una losa floreada un hueso de muñeca con
tatuajes de Xochiquetzal. No lo denuncia. Lo
guarda. Esa noche, el vigilante que lo vio
desaparece. Nadie pregunta.
La universidad se construyó sobre un antiguo
tlalocan, un terreno consagrado que los
revolucionarios del 17 vendieron al gobierno por
dos pesos por metro cuadrado. El abuelo de
Javier, un campesino que luchó con Villa, no
murió en Chihuahua: fue el último sacerdote de
la Tierra Sangrante, quien juró en náhuatl que
la tierra no olvida. Cada vez que se levanta un
muro sobre ella, algo pide su cuota.
El primer muerto fue el arquitecto. Se ahogó en
su propia orina, con los ojos llenos de tierra.
El segundo, el contable que firmó los permisos:
se desgarró la garganta con las uñas, murmurando
“no fue mi culpa”. La universidad calla. El
rector ordena cubrir los huecos con concreto.
Javier, estudiante activista, empieza a soñar
con mujeres de ojos de obsidiana que le cantan
en la lengua de su abuela. Su madre, que nunca
habló de su padre, le entrega un pañuelo con
hilos de maíz teñidos de sangre seca. “Eso es lo
que te dejó”, dice. “No lo entiendes, pero la
tierra te llama.”
La noche del 15 de septiembre, cuando el
presidente enciende la llama en el Zócalo,
Javier sube al campanario. Allí, donde la cruz
de la capilla se clava sobre una piedra de
Tláloc, encuentra el cuerpo del decano, con la
lengua cortada y el pecho abierto como un maíz.
Dentro, un corazón aún latiendo.
Javier lo toma. Lo entierra en el jardín de la
biblioteca, donde antes estaba la fuente de los
estudiantes. Al amanecer, las raíces de los
árboles nuevos brotan con huesos. Los
estudiantes que gritaban “¡educación, no guerra!
” ahora callan. Algunos se van. Otros, en
silencio, ponen ofrendas de pan y sal en las
paredes.
La universidad no cierra. Pero ya no hay más
construcciones. Solo cemento, raíces y gente que
camina sin mirar al suelo.
Javier desaparece el 2 de noviembre. Nadie lo
busca. En su cuarto, encuentran un diario con
una sola línea escrita en náhuatl: “Ya no hay
más que dar.”
La tierra se quedó con lo suyo. Y el machismo
que creyó que dominaba el mundo, se rompió en
pedazos de tierra húmeda.


