En los escombros de una iglesia derrumbada por

un temblor de ’85, entre las raíces de un ceiba

que crece por dentro del altar, un migrante

indocumentado arrastra el cadáver de su hijo de

ocho años en una bolsa de arroz. No hay acta de

defunción. No hay cuerpo en el panteón. Solo el

nombre borrado del registro civil: desaparición

forzada, según el sacerdote que lo vio llorar

frente a la policía. Nadie lo denunció. Nadie lo

buscó. La ley dice: si no hay huesos, no hay

crimen.

El hombre camina tres días con el niño en la

espalda, hasta la ladera de Tepoztlán, donde una

mujer con ojos de obsidiana y manos de cal y sal

—curandera, bruja, exmonja— lo espera. No

pregunta quién es. No pide dinero. Solo enciende

tres velas de cera de abeja, coloca el cuerpo

sobre una estera de ixtle, y saca un cuchillo de

obsidiana quebrado, heredado de su abuela nahua.

La regla: no se exorciza a quien no tiene alma.

Se exorciza a quien fue robado por lo que vive

en la tierra.

La ceremonia empieza con cantos en náhuatl, pero

el niño no responde. No grita. No se agita. La

curandera clava el cuchillo en el suelo. El

suelo sangra. Las paredes de la capilla se

deshacen en polvo negro. Las estatuas de los

santos se derriten como cera. Al amanecer, el

cuerpo del niño ya no está. Solo queda una

huella de sal en el suelo, y la curandera con la

boca cosida por hilos de raíz de hierba santa.

Ella no habla. Ya no puede.

Esa noche, los sicarios que cazan migrantes en

la frontera sur llegan a la ruina. Buscan el

niño. Creyeron que era un mensajero del narco.

Encontraron la iglesia desaparecida. Solo hallan

la curandera, sentada en el aire, como si el

suelo ya no la sostuviera. La matan. No hay

rastro de sangre. Solo un montón de hojas de

cempasúchil que se levantan solas, formando una

flecha hacia el río.

Al día siguiente, en un poblado de Oaxaca, una

madre encuentra en la puerta de su casa un saco

de arroz. Dentro, una calavera de niño, cubierta

de sal. En la frente, una marca: la misma que

llevaba el hijo desaparecido. Nadie la pregunta.

Nadie la abraza. Ella prende una vela. No llora.

Solo murmura: “Ya te encontré, hijo”. La tierra

no acepta muertos sin nombre. Pero sí acepta

venganzas que no se nombran.

La desolación no es el silencio. Es que nadie se

acuerde de que algo desapareció.