El niño de doce años enterró a su madre bajo el
altar roto de la capilla de San Juan de los
Lagos, con un cuchillo de obsidiana que le dejó
su abuela antes de que la mataran los federales.
No había misa. No había sacerdote. La iglesia
era un cascarón con murciélagos, y el obispo
había firmado la liquidación de las parroquias
rurales hace tres años. El estado decía que la
fe era un vicio del pasado. Pero la tierra no lo
creía.
La madre murió de hambre tras robar un saco de
maíz en el mercado estatal. Los soldados le
abrieron el pecho para enseñarle a los vecinos.
Nadie lloró. Nadie se atrevió. El niño no gritó.
Sólo recogió tres hojas de copal, un huevo de
codorniz aún tibio, y la cruz de madera que le
colgaba del cuello. Las puso en la tumba con las
manos desnudas, mientras cantaba en náhuatl lo
que su abuela le enseñó: “No se va quien se
queda en la tierra”.
Esa noche, tres federales que pasaban por el
pueblo desaparecieron. Encontraron sus cuerpos
al amanecer, con los ojos arrancados y las
entrañas tejidas en forma de serpiente de
cascabel, como las que pintaban en los muros de
los templos prehispánicos. No había sangre. Sólo
polvo. Y en cada frente, una marca: un círculo
con tres líneas, como los signos que usaban los
antiguos para sellar juramentos con los dioses.
El niño no lo hizo. Pero la tierra sí.
El pueblo entero lo miró. Nadie lo acusó. Nadie
lo protegió. Los que creían en la Virgen se
callaron. Los que creían en el Estado fingieron
no ver. Pero los viejos, los que aún guardaban
maíz en las paredes de adobe, sabían: cuando un
hijo entierra a su madre con los rituales viejos,
la tierra no se queda callada. Se venga.
Una semana después, el jefe del cuartel llegó
con un camión lleno de soldados. Traía un
sacerdote católico con una cruz de plata y un
libro de exorcismos. Ordenó quemar la capilla.
El niño no huyó. Se sentó sobre la tumba de su
madre, con los brazos abiertos, como si abrazara
el cielo. Cuando las llamas llegaron, el fuego
se dobló alrededor de él, como si lo evitara.
Los soldados juraron ver sombras con ojos de
obsidiana caminando entre las llamas.
Al día siguiente, el jefe del cuartel se ahorcó
con su propio cinturón. El sacerdote perdió la
voz. Y en el piso de la capilla, donde antes
había ceniza, creció una flor negra con pétalos
que se abrían al son de los tambores de los
muertos.
Nadie volvió a hablar de la capilla. Nadie
volvió a decir que la justicia era cosa del
gobierno.
La tierra la tenía. Y ya no la devolvía.


