El polvo de la guerra aún le pegaba a las botas
cuando el soldado raso entró al pueblo de San
José de las Huertas. No había iglesia. El
campanario yacía en ruinas, derribado por los
federales en el ’23 por negarse a bajar la
imagen de la Virgen de Guadalupe. La tierra ya
no era de los campesinos: la repartición se
había vendido en secreto a los terratenientes
que ahora lucían trajes de seda y llevaban
revólveres de acero alemán.
Cada semana, en la plaza donde antes se cantaba
el rosario, aparecía un cuerpo. No con balas.
Con cuchillos de obsidiana. El mismo corte:
desde la nuca hasta el esternón, como si el
verdugo quisiera abrirle el alma al corrupto.
Nadie lo denunciaba. Nadie lo buscaba. Solo se
murmuraba: “Es él. El que no se rindió”.
El soldado raso buscaba a su padre. Lo había
visto por última vez en una trinchera, con el
brazo destrozado y la voz rota pidiendo que lo
dejara morir. El parte de defunción decía “caído
en combate”. Pero en la oficina del ayuntamiento,
entre papeles con sello de la Secretaría de
Gobernación, encontró el libro de registro: su
padre no fue dado de baja. Fue desaparecido. Por
orden del propio general que ahora mandaba en la
ciudad.
La primera vez que vio el cuerpo del juez, el
soldado raso reconoció la cicatriz en la mano
izquierda: la misma que su padre tenía por
quemadura de la estufa de leña, cuando él tenía
cinco años. El cadáver tenía el corte de
obsidiana. Y en el bolsillo, una foto arrugada:
su madre, su hermana, y él, niño, en la puerta
de la casa antes de que los federales la
incendiaran.
La regla que mató a su padre: nadie que
traicionara la tierra podía quedar vivo. Ni
siquiera un general. Ni un cura que bendecía los
contratos de desalojo. Ni un alcalde que vendía
los pozos de agua a los terratenientes. La
justicia no tenía juzgado. Tenía cuchillo. Y el
hijo, al tocar la foto, supo que su padre no era
héroe. Era el último guardián de una ley que el
Estado había asesinado.
La noche que el general llegó al pueblo para
“restablecer el orden”, el soldado raso no
disparó. No huyó. Se puso la camisa de su padre,
la que olía a tierra y a incienso viejo, y
caminó hacia la plaza con un cuchillo de
obsidiana que había encontrado bajo el piso de
la casa quemada. El general lo vio. Sonrió. Dijo
algo. Nadie lo escuchó.
El corte fue exacto.
Al amanecer, el cuerpo del general yacía en la
plaza. El cuchillo, clavado en su pecho. Y al
lado, el nombre del soldado raso, escrito con
ceniza en el suelo: “Hijo de quien no se rindió”.
No hubo juicio. No hubo entierro. Solo la gente
que salió de sus casas, sin decir palabra, y
puso una vela en cada cuerpo.
La tierra no se repartió. Pero la ley sí.


