En 1923, en los escombros de San José de las
Huertas, un hombre con hábito negro y cicatriz
en la sien confiesa pecados a niños que ya no
rezan. Nadie sabe que fue el hombre que mató al
general que ordenó la masacre del mercado. Nadie
sabe que la imagen de la Virgen de Guadalupe que
cuelga detrás del altar es la misma que llevaba
su hermana cuando la dispararon en la espalda,
en pleno desfile de la Independencia, por llevar
pan a los rebeldes.
La iglesia fue construida con ladrillos de la
escuela quemada. El campanario, con las vigas
del taller de su padre, carpintero de cruces
para los federales. Cada domingo, el cura da la
comunión con vino de uva negra, el mismo que
usaba su hermana para curar heridas con hierbas.
Nadie pregunta por qué el vino sabe a tierra
mojada.
El ejército regresa con camiones nuevos y
sacerdotes de Ciudad de México. Traen órdenes:
derribar la capilla. “No hay santos en este
pueblo”, dice el coronel. “Solo traidores
disfrazados de devotos.” Esa noche, el cura baja
la imagen de la Virgen. Detrás, entre la madera,
encuentra la navaja de su hermana —la que usó
para cortarle el pelo a él cuando tenía seis
años, antes de que lo llevaran a los montes con
los federales.
En el sótano, bajo los restos del altar, hay un
pozo con cinco cuerpos de niños que no fueron
enterrados. Los mató él. No por orden. Porque
uno de ellos gritó el nombre de su hermana
cuando el fuego empezó. Y él, que ya era sicario,
sabía que si gritaba, lo matarían también. Así
que los calló. Uno por uno. Con las manos.
Al amanecer, el ejército enciende la pira. Él no
se mueve. Lleva la imagen pegada al pecho, bajo
la tela. Cuando las llamas alcanzan el techo,
prende un fósforo y quema el documento que lo
acreditaba como capellán del ejército. El papel
se convierte en cenizas. Y con él, la identidad
que le dio permiso para matar.
Los niños que sobrevivieron lo ven caminar hacia
el río. No lloran. Saben que no es un santo.
Pero tampoco un demonio. Es el hombre que guardó
la foto de la hermana que les dio pan, y que
mató a quienes la mataron.
Al caer la tarde, una mujer con turbante de
manta y ojos de nopal enciende una vela en la
plaza. No es católica. No es revolucionaria. Es
de los que aún hablan con los muertos. Dice: “El
que lleva la imagen en el pecho… no se
arrepiente. Solo recuerda.”
La capilla ya no existe. Pero en la tierra
quemada, brotan flores de cempasúchil. Sin
semillas. Sin lluvia.


