En 1915, en un pueblo del norte de México, el
alba se tiñe de rojo con la quema de una iglesia
por rebeldes revolucionarios. El sacerdote que
huía lleva consigo a un bebé abandonado, recién
nacido y sin nombre. Lo entrega a un campesino
analfabeto, Ignacio, quien lo cría como su hijo
tras la muerte de su esposa en un ataque de
sicarios.
La guerra arrasa el campo, y Ignacio, viendo el
caos, decide cruzar la frontera hacia Estados
Unidos para sobrevivir. Lleva al niño, ahora
llamado Mateo, en una carreta rota. En el
desierto, bajo un cielo estrellado, el niño
comienza a hablar en lengua náhuatl,
desconcertando a su padre.
Años después, en el barrio de Tepito, Mateo —ya
adolescente— atrapa a un hombre armado que
intenta matarlo. La figura cae al suelo, pero
antes de morir le susurra: "Eres el
Último". El
muchacho, temblando, guarda el arma y la
entierra junto a una calavera tallada en piedra.
Ignacio, ahora un obrero en una fábrica de
Detroit, descubre que su hijo no es mexicano,
sino el heredero de una bruja azteca que fue
asesinada por los misioneros en 1870. Su sangre
contiene un poder ancestral: quien la posea
puede comunicarse con los muertos o hacerlos
resucitar.
Una noche, mientras Ignacio duerme, Mateo abre
las puertas de su casa y sale al frío. Al
amanecer, regresa con un cadáver: el cuerpo de
un oficial estadounidense que había torturado a
su madre en 1917. La noticia corre por el barrio.
Los sicarios lo buscan.
Mateo, con el poder de la sangre, convoca a los
muertos del pasado: soldados revolucionarios,
víctimas de la represión, brujas olvidadas. Pero
cada uso del poder lo acerca más a la locura. En
un ritual en el bosque, ignora la advertencia de
su padre y despierta a la bruja original, quien
le dice: "No eres su heredero, eres su
castigo".
El cuerpo de Ignacio aparece colgado en un
puente. Mateo, solo, debe elegir entre seguir el
camino de venganza o extinguir el legado que lo
corrompe. Bajo la lluvia, enciende una fogata
con el cuerpo del oficial y arroja la calavera
al río. La bruja desaparece. El poder se
extingue.
El río sigue su curso. El barrio sigue su ritmo.
El mundo no cambia. Solo queda una calavera
hundida en las aguas, esperando a quien la
encuentre.


