En 1993, cuando el agua ya no llegaba a las
casas de Santa Teresa y los hombres desaparecían
tras los contenedores de la frontera, Elena
recogía hojas de manzanilla y semillas de
chicalote en el basurero del viejo ingenio. No
era bruja por fe, sino por necesidad: curaba
dolores de vientre con sal de mar y el llanto de
las madres con susurrar nombres de santos que
nadie más recordaba. Su madre, doña Lupe, le
enseñó que los muertos no se van: se entierran
con el nombre callado.
Cuando el gobierno cerró la fábrica de
neumáticos donde trabajaba su padre, los
sicarios del cartel lo llevaron al patio trasero
con una pala y un saco de cal. Nadie lo buscó.
La policía dijo que se fue al norte. El cura, en
la misa de los muertos sin nombre, ni siquiera
mencionó su apellido. Pero Elena sabía: él no se
fue. Lo vio en el sueño: con los ojos abiertos,
respirando entre la cal, mientras la tierra se
cerraba sobre su boca.
Ella no denunció. No gritó. Fue sola, con un
cuchillo de cocina y una botella de aguardiente
de caña, al terreno baldío donde la fábrica se
hundía. Cavó hasta que las uñas se le partieron.
Encontró la chaqueta de cuero, el reloj de
bolsillo con el nombre tallado: “Para Francisco,
por la patria”. La cal lo había comido, pero el
hueso de la mandíbula aún tenía la marca de los
dientes apretados.
Esa noche, encendió velas de cera de abeja en el
suelo de su cocina, puso el hueso en una caja de
cartón con hojas de copal y lo enterró bajo el
naranjo que su abuela plantó en 1921. No rezó
por su alma. Rezó por su nombre. Lo dijo en voz
alta, tres veces, mientras el viento movía las
hojas como si alguien respondiera.
Al día siguiente, tres hombres llegaron con
camionetas negras. Traían papeles de la
Secretaría de Gobernación: “Reconocimiento de
víctimas del conflicto armado”. Elena les dio un
tarro de miel con raíz de guayule. “Tomen esto —
es lo único que cura el olvido.”
Nadie volvió.
Pero en la esquina del mercado, una niña le
preguntó: “¿Tú eres la que le devolvió el nombre
al hombre de la cal?”. Elena asintió. La niña le
dejó una flor de cempasúchil en la puerta.
El naranjo floreció antes de tiempo.
Y en la casa de al lado, una anciana que nunca
hablaba, encendió una vela en su ventana.
No hubo justicia.
Pero el nombre volvió.


