El río de San Juan de la Vega se secó en el 93,
pero las velas de la abuela siguen flotando.
Cada 2 de noviembre, ella baja al lecho
agrietado con ocho cirios, uno por cada hijo que
perdió — cinco en la guerra de los cartels, tres
en la huida hacia el norte. Nadie la detiene. Ni
los policías, ni los sicarios que patrullan los
cauces como si fueran calles. Porque ella no
pide. Ella recuerda.
En el 2007, un joven que lleva tatuajes de
Virgen de Guadalupe en los brazos y un rifle en
la espalda la encuentra agachada junto al último
cirio. No habla. Solo mira. Ella le lanza un
puñado de cenizas en los ojos. Él no parpadea.
Esa noche, el chico desaparece del cuartel de
los Zetas. Al día siguiente, tres cadáveres
aparecen colgados de los puentes viejos con
rosarios de semillas de chía entre los dientes.
Nadie firma la muerte. Todos saben quién la
firmó.
La abuela no rezó. No cantó. Solo echó sal sobre
la tierra seca y cantó en náhuatl — la lengua
que su madre le enseñó antes de que la mataran
en el 38, por negarse a entregar su tierra al
ejército revolucionario. El río no volvió. Pero
las ranas sí. Se oyen por primera vez en veinte
años. Y los que las escuchan, no duermen. Los
que las escuchan, se despiertan con la boca
llena de tierra.
La ley de los cartels dice: “Nadie toca los
muertos”. Pero ella no toca. Ella invoca. Y
cuando el río seco canta, el suelo se abre. En
el 2012, otro sicario intenta quemar sus velas.
Su cuerpo aparece al amanecer, con las manos
cosidas a un altar de piedra donde crece un
cempasúchil negro. La abuela no llora. Solo
enciende un cirio más.
Nadie la arresta. Nadie la busca. Las mujeres
del barrio le llevan maíz, cera, y hojas de
copal. Los hombres le temen. Los niños le traen
flores sin decir palabra. Porque en este pueblo,
la justicia no la hace el Estado. La hace quien
recuerda. Y ella, con sus ojos ciegos y su voz
de tierra vieja, es la única que aún sabe el
nombre de los muertos que el gobierno borró.
En el 2018, el gobierno construye una presa de
concreto sobre el cauce. La abuela no protesta.
Solo se sienta sobre la piedra que marcaba el
antiguo nacimiento del río. A medianoche, el
concreto se agrieta. No por terremoto. Por el
canto. Cuando el agua empieza a filtrarse, los
operadores huyen. El ingeniero se suicida con su
pluma en la garganta, dejando una nota: “No era
agua. Era memoria.”
La abuela no se mueve. No celebra. Solo enciende
el noveno cirio. Y el río vuelve, lento, negro,
con raíces de maíz flotando en su superficie.
Las ranas cantan. Los muertos no hablan. Pero la
tierra sí. Y quien escucha, sabe: no se mata a
una abuela que canta en náhuatl. Se mata a quien
olvida que la tierra no perdona.


