La abuela Micaela enterró el cuerpo del capataz
en el huerto de naranjos tras la misa de las
siete. No fue un crimen de venganza: fue un acto
de justicia popular con raíces prehispánicas.
Cada luna nueva, ella untaba la frente del
muerto con pulque y ceniza de copal, y le
susurraba a la tierra las palabras que su abuela
le enseñó en el valle de Tepoztlán: “El que mata
por odio, muere sin nombre; el que mata por
sangre, nace de nuevo en la raíz”.
El ejército revolucionario había confiscado las
tierras de los campesinos, pero no pudo borrar
la costumbre: cuando un hombre violaba la ley de
la comunidad —robar el maíz de un huerto, violar
a una niña, quemar una capilla—, la abuela lo
llevaba al altar de piedra detrás del templo
derrumbado. Nadie lo veía hacerlo. Nadie lo
denunciaba. La gente decía que ella hablaba con
los dioses viejos, pero nadie lo negaba.
Cuando el cura de San Juan de los Llanos
denunció a Micaela como bruja, el coronel envió
a sus hombres a quemar la iglesia y llevarse a
todos los niños. Pero la abuela ya había
sembrado las semillas. Bajo cada losa del piso,
bajo las raíces de los naranjos, entre las
piedras del altar, había escondido los dientes
de los muertos que ella había ayudado a morir. Y
cuando los soldados encendieron el fuego, el
suelo se abrió. No con fuego, no con sangre: con
flores de cempasúchil que brotaron entre las
llamas, tan densas que los caballos se rehusaron
a avanzar. Los soldados huyeron gritando que la
tierra los maldijo.
Al día siguiente, los niños regresaron. No por
orden, no por miedo: porque la abuela les dio
pan con miel y les cantó la canción que su madre
les cantaba antes de que los militares se los
llevaran. Y en la noche, cuando nadie miraba,
ella volvió al altar. Puso una foto del cura,
una hoja de laurel, y una cucharada de sal.
Cantó otra vez.
La tierra no se abrió. Pero sí se movió.
Y en la mañana, el cuerpo del cura apareció en
el río, con las manos cruzadas y una flor de
cempasúchil entre los dientes.
Nadie dijo quién lo hizo.
Pero los niños, todos, sabían.
Y esa noche, la abuela les enseñó a sembrar.


