En los llanos de Michoacán, donde los ejércitos
revolucionarios arrasan rancherías y expropian
tierras en nombre del pueblo, la curandera doña
Elvira entierra bajo el ahuehuete del antiguo
templo azteca tres semillas de xochitlaxochitl:
una para el poder, otra para el silencio, la
tercera para el cuerpo que no debe morir. Ella
no reza. Ella ordena.
El hijo del terrateniente muere en un tiroteo
con federales. La hija, Rosaura, de diecinueve
años, ya no habla desde que vio quemar su
iglesia. El comandante del batallón, un
excampesino que se volvió oficial por el hambre,
necesita una esposa que legitime su poder ante
los curas que aún bendicen la rebelión. Doña
Elvira lo llama a la casa de adobe sin puerta.
Le dice: “Casas a la niña o tu sangre se
convierte en agua de lluvia sobre el campo de
maíz”.
El matrimonio se celebra sin sacerdote. Solo con
cera de abeja negra, raíces de tlacuache y un
canto en náhuatl que nadie recuerda. Los
soldados que rodean la casa sienten que sus
fusiles se vuelven pesados como piedras de río.
Al tercer día, el comandante deja de dormir. Sus
sueños son de manos que lo arrastran por el
suelo, de voces que repiten el nombre de su
madre —muerta en el 1915— en lengua purépecha.
Nadie le pregunta. Nadie lo mira a los ojos.
Rosaura no toca su mano. No lo mira. Pero cada
mañana, deja en el umbral un ramo de flores de
muerto, un huevo de codorniz cocido en cenizas,
y una hoja de copal quemada hasta el humo. Los
soldados empiezan a desaparecer. No son
asesinados. Se van. Caminan hacia el cerro y no
regresan. Los oficiales dicen que desertan. Los
ancianos saben que el pacto de doña Elvira no
permite el desamor. Solo el silencio. Solo el
cuerpo que se rinde.
El gobierno envía un inspector. Lleva un decreto
que prohíbe todo ritual “contrario a la nueva
moral revolucionaria”. Lo encuentra sentado
frente a la casa, con el cuello torcido, los
ojos llenos de polvo, y en la boca una hoja de
maíz seca, como si hubiera intentado morder el
viento. Nadie lo entierra. El viento se lo lleva.
Doña Elvira no se mueve. No habla. No come. Solo
teje con hilos de raíz de olote, y cada noche,
enciende una vela de cera de abeja en la ventana.
Rosaura, ya sin miedo, va al río y lava su ropa
con agua de la misma fuente donde los indígenas
lavaban a los muertos antes de la conquista. El
ejército se disuelve. Los campesinos regresan.
Las tierras, sin dueño, vuelven a ser de nadie.
La curandera desaparece una mañana. Solo queda
la casa vacía, el ahuehuete cortado por la raíz,
y en el suelo, una calavera de barro con dos
semillas dentro. Una ha germinado. La otra, aún
dura como piedra.
Nadie la vuelve a ver. Pero cada 2 de noviembre,
en los pueblos del sur, las mujeres colocan
flores de cempasúchil en las puertas de los
hombres que nunca volvieron. Y si el viento
sopla de oeste a este, se dice que la tierra
respira.


