El pueblo de San Miguel de los Reyes se divide
en dos: quienes rezan a la Virgen del Carmen y
quienes callan cuando suena el tambor del
alcalde. La tierra, antes fértil, ahora arde
bajo el sol de 1922, donde el gobierno ha
declarado la propiedad colectiva como ley, pero
los terratenientes aún controlan los pozos. Un
nuevo sistema: nadie puede poseer más de dos
hectáreas sin permiso escrito, y el olvido es la
moneda oficial.
Doña Consuelo, viuda de un cura fusilado por
traición al régimen, empieza a recibir cartas
anónimas cada luna nueva. En ellas, el nombre de
su hija Lucía aparece con una fecha. Las cartas
no se queman; se guardan bajo el piso de madera,
junto al hueso de un gallo negro. Ella sabe que
Lucía no está muerta —la profecía dice que
volverá cuando el canto de los pájaros cambie de
tono.
El sicario leal, Jesús, vigila la casa desde el
techo de adobe. No habla, solo mira. Su lealtad
no es al líder, sino al juramento hecho frente
al cuerpo de su hermano, ejecutado por el mismo
comandante que ahora protege. Pero el día en que
encuentra una huella de zapato de mujer en el
barro del pozo, algo se rompe. No hay orden
escrita para eso. Ningún reglamento dice qué
hacer cuando el silencio empieza a gritar.
La profecía se cumple cuando Lucía aparece,
caminando sobre el río seco como si el agua
nunca hubiera existido. Lleva una cruz hecha de
ramas secas y sus ojos reflejan el fuego de una
iglesia incendiada. No dice nada. Solo se sienta
frente a Doña Consuelo y coloca una flor de
cempasúchil sobre la mesa. La flor no se
marchita.
Jesús toma su arma. No por órdenes. Porque el
sistema lo obligó a matar antes: primero al
hermano, luego al padre de Lucía, luego al niño
que reía en la plaza. Ahora, el mundo ha
cambiado: ya no hay cuerpos que se entierran,
solo ausencias que se repiten. Si mata a Lucía,
¿se convierte en el cumplimiento de la profecía?
Si no lo hace, ¿quién será el responsable del
siguiente desaparecido?
A medianoche, Jesús deja caer el fusil. Camina
hacia el río. Se arrodilla. El agua, imposible,
sube hasta su cintura. Lucía se inclina, le toca
el rostro. No hay palabra. Solo el sonido de una
campana que nadie ha tocado desde 1918.
El pueblo no recuerda haber visto a Lucía. Ni a
Jesús. Ni a Doña Consuelo. Solo saben que desde
esa noche, ninguna mujer ha desaparecido. Y que
cada madrugada, alguien oye cantar en el bosque —
un canto que no tiene voz, pero que se queda en
los dientes como sangre.


