La guerra no llegó a San Juan de la Cruz con
balas, sino con calaveras de maíz clavadas en
las puertas de las iglesias. Doña Lucha enterró
a su hijo de catorce años bajo el árbol de copal,
donde los ancianos decían que los dioses de
antes comían el humo de las ofrendas. El
ejército lo mató por llevar agua a los cristeros.
Ella no lloró. Cosió su cuerpo con hilos de
cabello y huesos de coyote, como le enseñó su
abuela antes de que la quemaran en el 1917 por
“traicionar la nueva fe”.
Esa noche, los soldados que habían prendido
fuego a la capilla empezaron a vomitar tierra.
No arena. Tierra de los montes. Con raíces. Un
capitán murió con los ojos llenos de semillas de
amaranto. Nadie habló. Pero en los pueblos, las
mujeres callaron más. Sabían que cuando una
madre cosía con huesos de coyote, el cielo se
volvía tejido, y los muertos no descansaban:
recordaban.
La leyenda prohibida decía que si una madre
soltera usaba los restos de su hijo para un
ritual de la vieja creencia, el Estado se
deshacía por dentro. No con revolución. Con
olvido. Los oficiales que ordenaban
fusilamientos dejaban de reconocer a sus propios
hijos. Algunos se arrodillaban frente a los ríos
y pedían perdón en náhuatl, sin saber por qué.
Los curas gritaban exorcismos, pero las imágenes
de la Virgen de Guadalupe empezaron a gotear
lodo con olor a incienso de antes de la
conquista.
El gobierno mandó a un comisario con cartas de
la Secretaría de Gobernación: “No se permiten
prácticas paganas bajo pena de desaparición”.
Lucha no se escondió. Caminó hasta la plaza con
el cuerpo de su hijo envuelto en un manto de
henequén, y lo dejó sobre la mesa del
ayuntamiento. Al día siguiente, el comisario se
encontró a sí mismo en el fondo de un pozo seco,
hablando con una vieja que no existía. Nadie lo
buscó. Nadie lo encontró.
Los soldados desertaron. No por miedo. Por
recuerdo. Recordaban a sus madres antes de que
las mandaran a trabajar en las fábricas de la
ciudad. Recordaban el sabor de la atole de maíz
negro que se hacía en las casas de piedra. Y la
tierra, que antes era solo territorio, ahora era
memoria. Los campos de maíz crecían sin sembrar.
Las calles de los pueblos se cubrían de flores
de cempasúchil en invierno.
Lucha desapareció en la temporada de lluvias.
Solo dejó un saco con siete huesos de coyote, un
pedazo de espejo roto y una carta sin palabras.
Las mujeres del pueblo la guardaron en la pared
de la escuela, donde ya no se enseñaba historia.
Solo cuentos. Donde los niños aprenden que la
justicia no viene de los fusiles. Viene de las
madres que cosen el cielo con lo que el mundo
intentó borrar.
La tierra no olvida. Solo espera.


