Doña Rosita entierra las imágenes de la Virgen
de Guadalupe bajo las tablas del piso de su casa
en Zacatecas, donde el ejército revolucionario
ya no toca lo que huele a santos. Las paredes
llevan siglos de cal y oración, pero ahora el
gobierno las pinta de rojo con letreros de
tierra para el pueblo. Ella no vende ni un grano
de maíz. No responde cuando llaman a la puerta.
Los soldados dicen que las casas así son nidos
de cristeros.
El soldado raso llega al amanecer con el fusil
colgando como un brazo muerto. No lleva placa.
No da nombre. Solo mira el altar de tierra donde
ella pone flores cada jueves. Ella reconoce su
marcha antes de ver su cara: ese paso encorvado,
como si cargara el cielo entero. Es su hijo, el
que se fue con la milicia en el 1916. Nadie
trajo huesos. Nadie dijo adiós.
Él levanta una tabla. Las imágenes se desmoronan
en polvo de yeso y sangre seca. No grita. No
llora. Solo se arrodilla. La madre no se mueve.
Saben que las leyes nuevas prohíben las imágenes
sagradas — y que quien las guarda puede ser
ejecutado por contrarrevolucionario. Pero
también saben que él ya no es del todo humano:
los campesinos cuentan que en los bosques de San
Juan de los Lagos, los soldados que se pierden
vuelven con los ojos sin pestañas y la voz de un
muerto.
Ella le pone en la mano un rosario de semillas
de mezquite. Él lo aprieta hasta que las
semillas estallan. En su pecho, bajo la camisa,
se ve el tatuaje de un águila azteca — no de
militar, sino de sacrificio. No es un sicario.
No es un héroe. Es un cuerpo que el estado no
supo matar.
Al atardecer, él se va sin tocar el maíz. Sin
llevarse nada. Pero deja en el umbral una flor
de cempasúchil, recién cortada, con el tallo aún
mojado de rocío. Ella sabe: no es regalo. Es
aviso.
Esa noche, el ejército quema la capilla del
pueblo. Nadie llora. Todos saben que la Virgen
no está en la iglesia. Está en el piso de Doña
Rosita. Y el soldado que la protege ya no
pertenece a ningún bando.
A la mañana siguiente, la casa está vacía. Las
tablas rotas. Las imágenes, desaparecidas. Solo
queda la flor. Seca. Pero aún con aroma a tierra
sagrada.
Nadie la vuelve a ver. Pero cada 2 de noviembre,
en los caminos de Zacatecas, alguien deja una
flor de cempasúchil en los umbrales de las casas
que aún guardan santos. Y los niños que pasan
dicen: “Ahí vivió la que le habló al muerto”.


