El ejército federal ejecutó a trece campesinos

en la plaza de Tzintzuntzan por repartir tierras.

Nadie recogió los cuerpos. Doña Elvira, viuda de

un maestro rural, los llevó a la madrugada en su

carreta de madera, uno por uno, entre el olor a

tierra mojada y la leche agria que aún guardaba

en la despensa. Cada cadáver lo enterró bajo un

encino, con una piedra negra y una flor de

cempasúchil clavada en la tierra. No rezó. No

lloró. Solo puso las manos sobre el pecho de

cada uno como si aún sintiera el latido.

La iglesia de San Francisco lo vio. El cura,

padre Márquez, no lo denunció. Lo bendijo. El

milagro corrió como río de lluvia: quien tocase

la piedra negra sanaba la fiebre. Las mujeres de

los pueblos vecinos llegaban con pan, huevos,

mantas. Llevaban a sus hijos enfermos. Al tercer

mes, el obispado envió a un inspector. Encontró

siete tumbas sin cruz, sin nombre, sin bendición.

Ordenó exhumarlas.

Cuando los soldados desenterraron la primera, la

tierra se abrió como boca. No hubo olor a

podredumbre. Solo el aroma a incienso y a tierra

de muertos antiguos. El inspector cayó de

rodillas. Dijo que oyó voces en náhuatl. Nadie

lo creyó. Pero al día siguiente, dos soldados

que habían desenterrado los cuerpos se ahorcaron

con sus propias cinchas. El tercero se volvió

loco y gritó que los muertos le pedían que les

devolviera el nombre.

Doña Elvira no huyó. Caminó hasta la catedral

con una bolsa de huesos de gallina y un puñado

de semillas de amaranto. Las puso sobre el altar.

No dijo nada. Solo miró al obispo. Él cerró los

ojos. Al día siguiente, el gobierno envió a los

federales con dinamita. No pudieron hacer

explotar la tierra. Las raíces de los encinos se

enredaron en los cables. Las mujeres del pueblo

se sentaron alrededor, cantando al ritmo de los

tambores antiguos, con los brazos entrelazados

como cadenas.

El cura desapareció. No se encontró su cuerpo.

Solo su sotana, colgada de una rama, llena de

hormigas negras que formaban una cruz.

Doña Elvira sigue enterrando. Ahora, cuando un

sicario cae en la sierra, la gente lo lleva a

ella. No pregunta quién fue. Solo pone una

piedra, una flor, y una moneda de cobre en la

boca. Los muertos no hablan. Pero los vivos sí.

Y ya nadie se atreve a desenterrarlos.

La ley de la iglesia prohíbe enterrar sin

bautizo. La ley del estado prohíbe sepultar sin

identidad. Pero en Michoacán, la tierra responde

a quien la toca con las manos limpias. Y nadie,

ni el ejército ni el obispado, ha logrado que

deje de hacerlo.