En el verano de 1927, en un pueblo de Michoacán
donde los ejércitos federales ya arrasaron con
las escuelas y los campanarios, doña Rosa
entierra a su marido bajo un huizache que nunca
floreció. Esa noche, la luna se pone roja como
sangre seca, y las mujeres del barrio encienden
velas de cera de abeja en las tumbas, como antes
de la ley de 1923 que prohibió los cultos a
Xochiquetzal. Nadie dice nada. Pero el silencio
pesa más que las cadenas de los soldados.
La niña, Marisol, de trece años, desaparece al
amanecer. No hay huellas. No hay gritos. Solo su
manta de lana teñida con raíces de copal,
colgada del alero, ondeando como bandera de
rendición. Las vecinas la buscan entre los
montes, pero los soldados les gritan: “No se
toca el suelo sagrado. Es propiedad del Estado.”
La ley de expropiación sagrada —una cláusula
secreta del nuevo Código Civil— dice que
cualquier terreno donde se practique el culto a
los dioses prehispánicos se convierte en baldío,
y quien lo toque, desaparece. Nadie lo sabe.
Pero las abuelas sí.
Doña Rosa no llora. Va sola al cerro de Tlaloc,
donde los campesinos enterraban a los niños
muertos antes de la revolución. Allí, bajo una
piedra con grabados de quetzales y serpientes
emplumadas, encuentra el cuerpo de Marisol. No
está muerto. Está en sueño profundo, con los
ojos abiertos, y en la frente, una flor de
cempasúchil que no crece en esta estación. A su
lado, un collar de semillas de achiote, trenzado
con pelos de coyote. El mismo que usaba el
chamán urbano que vivía en la estación de tren,
el que cantaba a los muertos con el acordeón y
curaba con humo de copal y sal de mar.
Ese hombre, el último chamán urbano, no fue
arrestado. Fue expulsado. Pero el gobierno no
sabe que él no es hombre. Es una mujer que lleva
treinta años disfrazada, hija de una curandera
ejecutada en 1915, que aprendió a hablar con los
tonalpohualli mientras los federales quemaban
los códices. Ella no huyó. Se quedó. Y ahora,
con la desaparición de Marisol, la tierra se
niega a aceptar la muerte.
Doña Rosa toma la manta de la niña, la cubre con
ceniza de fuego sagrado, y la lleva al río seco.
Allí, bajo la luna llena, pone el cuerpo en el
lecho de piedras. No llora. Canta. No en voz
alta. En el alma. Y las piedras se abren. No
como un milagro. Como un juicio. Las raíces de
los árboles que los soldados cortaron para
construir la carretera emergen, negras y vivas,
y arrastran a los tres guardias que vigilaban el
cerro. No los matan. Los entierran vivos, hasta
el cuello, con la tierra que ellos mismos
despojaron.
Al amanecer, el pueblo despierta con las tumbas
llenas de flores nuevas. Las escuelas del
gobierno se incendian por sí solas. La ley de
expropiación sagrada se rompe como cristal. Y en
el mercado, doña Rosa vende un paquete de
semillas de achiote con un papel doblado: “Para
quien quiera recordar cómo se llora sin palabras.
”
La niña no regresa. Pero la tierra sí. Y ahora,
cada vez que llueve, las hojas de los árboles
caen en forma de serpientes.


