La casa de adobe se derrumba bajo el peso de los

días. La tierra húmeda emana un olor a hierba

quemada y raíces rotas. El artista callejero,

con pinceles secos y ojos hinchados, dibuja en

las paredes de los barracones un dios olvidado:

el cipó que arrastra al muerto hacia la tierra.

El gobierno prohíbe los rituales antiguos. Quien

los practique es considerado traidor. Pero el

artista sabe que su abuela, antes de morir, le

habló de un altar oculto en el bosque, donde el

sol se rompe en tres partes.

Una noche, mientras pinta en el mercado, un

hombre con máscara de cuervos le entrega un

frasco de polvo rojo. "Es para el ritual del

cipó", dice. El artista no pregunta por qué.

Sabe que si rechaza, lo matarán.

El ritual exige sangre de quien lleva el nombre

del dios. El artista no tiene tal nombre, pero

su madre sí. La busca en el pueblo abandonado,

donde los cadáveres aún guardan sus historias.

Encuentra un hueso con una inscripción: "Hijo

del cipó".

Al amanecer, el artista regresa al mercado. Los

soldados lo esperan. Le disparan en la pierna.

Él cae, pero no muere. Con la mano izquierda,

dibuja una serpiente en el suelo. La tierra se

abre. Un río de raíces lo cubre.

Los soldados no entienden. Corren. El artista se

levanta, con el polvo rojo en la boca. El ritual

ha comenzado.

El día siguiente, el pueblo se vacía. Nadie

habla del artista. Solo queda un mural en la

pared: un dios con cuerpo de cipó, arrastrando a

un hombre hacia el suelo. La sangre seca se

mezcla con el polvo.

El artista no vuelve a pintar. Pero en las

noches, cuando el viento sopla desde el bosque,

los niños del pueblo oyen un grito bajo tierra.

Un grito que no es humano.