En los bordes de Michoacán, donde las raíces de
los árboles se enredan con balas de 1928,
Baltazar “El Lobo” Ríos camina con una maleta de
huesos y un rosario de plomo. No es un hombre
que reza. Es un hombre que ha matado por el
dinero de los caciques, y ahora, en 1937, el
gobierno revolucionario lo quiere muerto por
traicionar al ejército cuando se negó a quemar
la capilla de Santa María de la Luz.
La tierra aquí no acepta olvido. Cada luna llena,
los cadáveres de los cristeros enterrados en la
fosa común del cementerio de Zacatecas se
levantan sin carne, con las manos aún sujetando
rosarios de semillas de huaje. No son fantasmas.
Son memoria hecha carne. Y hablan con la voz de
quienes los mataron. Baltazar los escucha decir
su nombre.
Busca a su padre, el cura que abandonó el altar
para unir el ejército federal, y luego
desapareció tras enterrar un cofre de reliquias
bajo el altar roto. Nadie sabe qué había dentro.
Pero los viejos dicen que el Papa no bendijo esa
iglesia. Que el obispo la excomulgó por usar el
agua sagrada para curar a los heridos de ambos
bandos. La regla: quien toque las reliquias sin
ser sacerdote, muere con la lengua de sal.
Baltazar cruza el río seco con el último paquete
de tabaco que le dio su madre antes de que lo
mataran en un operativo de la policía rural. En
la iglesia, los muros tienen grietas donde
crecen flores de cempasúchil en pleno invierno.
Bajo el altar, sus dedos tocan el cofre. No es
de madera. Es de cráneos unidos con alambre de
cobre. Al abrirlo, ve una imagen de la Virgen de
Guadalupe… pintada con sangre de niño.
Una voz que no es suya grita en su mente: “Tú
mataste a tu hermano por un saco de maíz.” No es
recuerdo. Es la memoria del muerto que lleva
dentro. Su hermano, el menor, muerto por error
en un tiroteo que él ordenó.
Los huesos que caminan rodean la iglesia. Uno de
ellos, con la mitad de la cara quemada, le
entrega una llave de cobre. Es la de la casa de
su padre, en la sierra de Jalisco.
Baltazar no va a buscarlo.
Saca el rosario de plomo. Lo clava en el corazón
de la imagen de la Virgen. La tierra se abre.
Los huesos caen. La iglesia se hunde.
Al amanecer, el pueblo entero encuentra el
cuerpo de Baltazar en el pozo seco, con los ojos
cerrados y una flor de cempasúchil entre los
dientes. En su bolsillo, una hoja de papel:
“Perdón, papá. Ya no puedo seguir siendo el que
mata para que tú vivas.”
Nadie volvió a ver al cura. Pero en las noches
de luna llena, si pones un vaso de leche en la
puerta de la vieja casa de la sierra, escuchas a
un hombre cantando el Ave María… y luego, muy
bajo, el llanto de un niño que no fue enterrado.


