La tierra de Guanajuato se quiebra bajo el peso

de la revolución. Un hombre de negocios, recién

llegado de la ciudad, compra un rancho en ruinas.

El dueño anterior, un sacerdote, fue encontrado

muerto con el pecho abierto, como si alguien lo

hubiera desgarrado con las manos.

El empresario contrata a un grupo de campesinos

para trabajar la tierra. Uno de ellos, un viejo

llamado Teco, habla de un ritual antiguo: el

Pacto de la Sangre, que daba vida a un hombre

fantasma que protegía la tierra. Los campesinos

no creen, pero trabajan en silencio.

Una noche, el empresario es atacado por un

hombre sin rostro. Lo persigue hasta un bosque,

donde el suelo se abre y lo arrastra bajo tierra.

Allí, frente a un altar de piedra, ve al hombre

fantasma: un guerrillero de la Revolución, con

ojos de fuego. Le ofrece un trato: le dará poder

sobre la tierra si le entrega su propia sangre.

El empresario acepta. En el acto, la tierra se

vuelve fértil, los cultivos crecen en días, y el

rancho se convierte en una fortaleza. Pero el

precio es el control de su alma. La sangre del

pacto lo hace más rico, pero también más loco.

Empieza a ver fantasmas en cada rincón, y sus

empleados comienzan a desaparecer.

Teco, el viejo, le advierte: el pacto no puede

romperse. Solo se puede pagar con la vida. El

empresario, ahora con ojos negros, ordena a sus

sicarios que maten a Teco. El viejo se niega,

diciendo que el pacto ya ha sido cumplido. En

medio de la tormenta, el empresario lo ejecuta.

Al día siguiente, el rancho está vacío. Solo

queda el cuerpo de Teco, con el pecho abierto,

como el anterior dueño. El empresario, ahora

convertido en un hombre fantasma, camina por el

campo, buscando a quien pueda continuar el pacto.

La tierra sigue fértil, pero nadie vive allí.

Solo el viento lleva el eco de un grito: "¡Pacto

de sangre!"