El hombre llega con una bolsa de tela y dos
huesos envueltos en pañuelos de rebozo. No lleva
armas. No habla. Solo camina por los caminos de
tierra que antes eran rutas de droga, ahora
senderos de maíz y oraciones. La tierra de San
Juan Tepetzingo ya no pertenece a nadie: desde
que el ejército quemó la iglesia en el 27 y los
curas se volvieron silencio, los muertos caminan
sin permiso. Eso lo sabe. Porque él los vio.
En el 32, los revolucionarios mataron a su
hermano por ser hijo de un terrateniente. Él lo
mató dos años después, por orden de un jefe que
juró en nombre de Cristo y el carbón. Ahora, con
la guerra pasada y el Estado ya no creyendo en
nada, él quiere enterrarlo bajo el ahuehuete que
crece sobre la tumba de una chichimeca. La
abuela le enseñó: si un muerto no toca la tierra
de sus ancestros, se vuelve espíritu sediento. Y
los espíritus sedientos no perdonan.
Cuando clava la pala, la tierra se agrieta como
piel de serpiente. No sangra. Pero el aire huele
a incienso quemado y a sangre seca. Los niños
que juegan cerca se callan. Las mujeres que
lavan ropa en el río dejan de cantar. Al tercer
golpe, la pala se rompe. No por madera. Porque
la raíz del árbol se enrolla como una mano y la
aprieta. Nadie ha visto eso desde que los
sacerdotes prohibieron las ofrendas de copal.
Esa noche, el hombre va a la cueva donde
escondió los fusiles de hace cuarenta años. Los
encuentra cubiertos de musgo y huevos de
mariposa. Al tocar uno, se le queman los dedos.
La ley de los viejos dice: quien mata con la
mano del dios de la guerra, no puede tocar el
metal sin pagar. Él no lo recordaba. Ahora lo
sabe. Y no hay quien lo salve.
Al amanecer, lleva los huesos al cementerio
viejo. No los entierra. Los pone sobre la tumba
de su madre, donde nadie los ha visitado desde
que la mataron por rezar en el coro. Entonces,
las lápidas comienzan a moverse. No como
fantasmas. Como gente que se levanta de la cama.
Unos cien muertos. Todos los que él mató. Todos
los que él dejó en el camino. No hablan. Solo lo
miran. Con los ojos de sus hijos. Con los ojos
de su hermano.
Él se arrodilla. Se quita la camisa. Se rasga la
espalda con un cristal de obsidiana que encontró
en el río. Sangra. No grita. La tierra lo
absorbe. A la tarde, los campesinos lo
encuentran tieso, con los huesos de su hermano
en el pecho y las manos clavadas en la tierra.
Ya no es un hombre. Es una ofrenda. Y el árbol,
ahora con flores blancas como las de los muertos,
empieza a dar frutos que huele a incienso y a
pan de muerto.
La iglesia no lo bendice. El gobierno no lo
nombra. Pero las mujeres del pueblo encienden
velas. Y cada luna nueva, alguien deja un plato
de mole y una pala rota junto a él. La tierra no
olvida. Y los que matan por ella, terminan
siendo parte de ella.


