El padre de Martina murió con un cuchillo en la
espalda y dos niños encerrados en el fondo de su
camioneta de leche. No fue un robo. Fue una
cuenta saldada: él transportaba vidas por la
frontera, pero nunca dejó que una se muriera en
el camino. La regla era simple: si alguien caía,
lo enterraban con una vela y una hoja de maíz.
Nadie lo sabía, pero su abuela, Doña Rosalía,
era la última curandera que hablaba con los
muertos del viejo mundo.
Martina, de dieciséis años, no lloró. Encendió
las velas en el altar de la cocina, donde las
imágenes de San Judas y la Virgen de Guadalupe
tenían las caras rasgadas por balas. Esa noche,
el primer niño que llevó su padre se levantó de
la tierra junto al pozo. No habló. Solo le puso
la mano en la frente. Ella supo: el contrato no
se rompía con la muerte.
La revolución había matado a los curas, quemado
las iglesias, y dicho que la fe era opio. Pero
en los pueblos, los muertos seguían siendo los
únicos testigos. Martina no era religiosa. Era
heredera. Y cuando el jefe de los sicarios de la
nueva banda le exigió que usara el mismo camino
para llevar a cinco niños más —niños que no eran
migrantes, sino hijos de campesinos que habían
desaparecido tras una denuncia—, ella no se negó.
Enterró a los cinco en la misma fosa donde su
padre enterró a los suyos. Pero esta vez, no
puso velas. Puso raíces de guayule, sal de mar,
y el collar de obsidiana de su abuela. Al tercer
día, los sicarios que habían traído a los niños
se encontraron con sus propios rostros en las
paredes de la iglesia abandonada, pintados con
ceniza y sangre seca. Nadie los vio hacerlo.
Nadie los vio morir. Solo se oyó el canto de una
rana en pleno desierto, cuando no había agua.
Doña Rosalía no había enseñado a Martina a rezar.
Le enseñó a recordar. Y en la tierra de
Michoacán, donde el estado no llega y los santos
no perdonan, quien olvida a los muertos, muere
primero.
Martina ahora maneja el camión. Lleva leche. Y a
veces, niños. Pero ya no hay velas. Solo las
raíces. Y los muertos, que caminan sin pies.


