El ejército entró en San Miguel de las Flores
con camiones de gasolina y órdenes de la
Secretaría de Gobernación: quemar todo lo que
oliera a religión vieja. La iglesia colonial,
con sus santos de barro y el altar de Santa
Lucía, ardía en tres horas. Los hombres, los
Hombres de la Revolución, no miraron atrás. Solo
apuntaron a los que lloraban.
La curandera ancestral, Doña Lucha, no gritó. No
rezó. Soltó el humo de copal en el suelo roto y
tomó la cabeza de la virgen —la quebrada, la que
el fuego no consumió— entre sus manos. Había
jurado, en el año 22, que si el poder se llevaba
la fe, ella se llevaría el miedo. Esa era su
regla: el exorcismo no se hace con agua bendita,
sino con el dolor que el pueblo calla.
Esa noche, bajo el cielo de luna llena y ceniza,
Doña Lucha enterró la cabeza de la virgen en el
patio de su casa, junto a las raíces del
mezquite que creció donde antes estaba el altar.
Cada luna nueva, las mujeres del barrio dejaban
una vela, un huevo rojo, una prenda de sus hijos.
Nadie dijo qué hacía. Pero los niños dejaron de
tener pesadillas. Los hombres dejaron de matar
por miedo. El pueblo creyó que el exorcismo
funcionó.
Hasta que el hijo de un sicario desapareció. Su
madre lo encontró en el río, con los ojos
abiertos y la boca llena de tierra. No había
sangre. Solo el sabor a tierra de la vieja milpa,
como si el cuerpo hubiera sido devorado por lo
que el pueblo enterró. Doña Lucha lo supo: el
exorcismo falló. No expulsó al demonio. Lo
convirtió en ley.
El pueblo no lo admitió. Pero cada vez que un
niño se perdía, alguien encontraba un huevo roto
bajo la puerta. Y cada vez que un hombre de la
ciudad llegaba con dinero para comprar tierras,
su camión se incendiaba antes de llegar al
pueblo. Nadie lo dijo. Pero todos sabían: la
curandera no había limpiado el miedo. Lo había
enterrado. Y ahora, el miedo recordaba quién era.
Doña Lucha murió en silencio, con las manos en
la tierra. Las mujeres no la enterraron. La
enterraron juntas. Y en el lugar donde creció el
mezquite, hoy nadie siembra. Solo se deja una
vela. Una prenda. Un huevo rojo. Porque el
pueblo no quiere olvidar. Solo quiere que el
miedo no vuelva a hablar.


