En los barrios olvidados de Tlalpan, donde el

asfalto se parte como hueso viejo y las luces de

neón titubean como velas, Elena entierra las

pistolas bajo el patio de su casa, junto a las

raíces de un ahuehuete que nadie recuerda

plantar. Su hija, Lucero, tose sangre desde que

la clínica del gobierno dejó de entregar los

jarabes. Ella no pide limosna. No roba. Solo

recoge botellas de vidrio en el basurero del

hospital y las lleva a la vieja doña Rosa, que

las lava con agua de lluvia y las llena de

hierbas que huelen a tierra bendita y ceniza de

muertos.

La regla que nadie dice: los medicamentos que

llegan a Lucero no vienen de laboratorios. Viene

de los frascos que los sicarios de El Caimán

dejan en las tumbas de los muertos que no

tuvieron misa. Cada frasco tiene una marca: una

cruz de sal sobre la etiqueta. Cada frasco

cuesta una vida. Elena lo supo cuando vio el

nombre de su hermano en el periódico: “Hallado

en el cementerio de San Juan, con la garganta

cortada y una flor de cempasúchil en la boca”.

Ella no lloró. Guardó el recorte debajo del

colchón.

El atraco fallido fue en la farmacia de la

esquina, tres semanas antes. Dos hombres con

gorras de béisbol y ojos de piedra entraron con

un saco de harina. No robaban pastillas. Robaban

el altar. El dueño, un cura que vendía medicina

de contrabando, tenía un nicho en el sótano

donde guardaba las ofrendas de los narcos:

incienso de copal, candelas de cera de abeja, y

un cráneo de coyote con ojos de obsidiana.

Cuando Elena los vio sacar el cráneo, supo que

Lucero ya no era hija. Era oferta.

El Caimán la encontró en la noche de Día de

Muertos. Llevaba tres hombres. La calle olía a

incienso quemado y a chiles en nogada que

alguien dejó en la acera. No le habló. Solo le

puso una bolsa en los pies: dentro, el cráneo,

aún con la sangre fresca. Ella lo miró. Él se

fue. Esa noche, Elena encendió las seis velas

que su abuela le enseñó: una por cada dirección

del mundo. Puso el cráneo sobre la mesa, cubrió

su boca con una hoja de maíz y murmuró lo que no

se dice en voz alta: “Te devuelvo lo que no

pedí”.

Al amanecer, el cuerpo de El Caimán apareció en

el templo de San Lorenzo, con las manos atadas

con hilo de henequén y la lengua cortada. Los

otros tres sicarios estaban en el río, flotando

como sacos de maíz, con las bocas llenas de

pétalos de cempasúchil. Nadie los buscó. Nadie

los lloró. Las madres del barrio pusieron velas

en las ventanas. Lucero dejó de toser. La

medicina ya no llega por los muertos. Ahora

llega porque Elena es quien los escucha. Y la

tierra, en este mundo donde los muertos todavía

deciden quién vive, no olvida.