En la frontera de Chihuahua, donde el río se
seca y los federales se disfrazan de curas, Doña
Lucha entierra a su padre con sus propias manos.
No es un cadáver. Es un hombre que aún respira,
atado con cuerdas de ixtle, mientras ella canta
en náhuatl las palabras que su abuela le enseñó
para que el agua lo lleve sin que el cuerpo
vuelva. Él no murió de vejez. Murió porque le
vendió a su hija menor a los federales a cambio
de un saco de maíz y la promesa de que no
tocarían a los demás. Eso fue en el 22, cuando
el gobierno revolucionario empezó a quemar
iglesias y los cristeros a matar a los que
ayudaban a los rebeldes. Él era sacerdote
heterodoxo: bendecía las armas de los federales
por la noche, y por la mañana rezaba misas en
las cuevas donde las mujeres escondían a los
niños que huían. Nadie lo denunció. Nadie se
atrevió. Hasta que Lucha encontró la carta
cosida en la funda del reloj de bolsillo de su
hermana, muerta de tifus en un calabozo de
Ciudad Juárez.
La ley del río es clara: quien entierra a un
vivo en sus aguas, no puede volver a tocar agua
bendita. Ni lavarse. Ni beber. Ni tocar una
hostia. Lucha lo sabe. Ya no va a misa desde que
su madre la vio arrastrar el cuerpo por la arena.
Pero en la noche, cuando el viento trae el olor
a tierra mojada y el sonido de los gritos
ahogados, ella camina hasta la orilla y escucha.
No es fantasía. Es el río que canta. Y el río
canta en la lengua de los que se fueron. En el
27, un cura del pueblo intentó expulsarla con
agua bendita. Ella le arrojó un puñado de tierra
del lugar donde enterró a su padre. El hombre se
cayó de rodillas, vomitó sangre y murió con los
ojos abiertos, viendo algo que nadie más veía.
Eso fue cuando empezó la leyenda. Que Lucha no
es bruja. Que es la única que aún sabe cómo
hablar con los muertos que el gobierno no quiso
enterrar.
En el 35, los federales regresan. No como
soldados. Como curas. Llevan una cruz de plata y
un libro de oraciones. Quieren que ella les diga
dónde están los cristeros escondidos. Ella les
muestra el río. Les dice que su padre sigue vivo
allá abajo, y que si lo buscan, lo encontrarán…
pero no como hombre. Como raíz. Como agua. Como
la voz que canta cuando se seca la tierra. El
jefe del grupo, un exsoldado que fue novicio en
Guadalajara, se arrodilla. Pide perdón. Le pide
que lo escuche. Ella no responde. Solo le da un
puñado de semillas de amaranto. “Sépalo en la
tierra donde murió su hijo”, le dice. El hombre
llora. No por miedo. Porque recuerda que su hijo
murió en un fusilamiento por negarse a disparar
a una mujer que llevaba un nopal en el pecho.
Esa noche, el río se llena de repente. Como si
algo lo llamara desde abajo. Nadie sabe si fue
lluvia. O si el padre de Lucha, por fin, decidió
volver.
Lucha no se mueve de la orilla. Ya no come. Ya
no duerme. Solo canta. Y cada mañana, una flor
blanca crece en la arena, junto a donde enterró
al hombre que fue su padre. Las mujeres del
pueblo van a verla. No para pedirle curas. Para
recordar. Para saber que aún existe alguien que
no se rindió. Que la justicia no siempre lleva
bala. A veces, lleva tierra. Y un río que no
olvida.


