En la hacienda San José de las Lomas, donde el
sol pica como cuchillo y el agua se raciona por
órdenes del patrón, los jornaleros cavaban hoyos
para plantar maíz mientras él, con su sombrero
de fieltro y el revólver en la cintura, les
exigía más por menos. Nadie hablaba. Hablar era
perder la ración de frijoles o la casa de adobe.
La ley de 1928 prohibía las ceremonias indígenas,
pero en los campos, las mujeres seguían
sembrando semillas de amaranto bajo la luna
llena, cantando en náhuatl para que la tierra no
se volviera polvo. El patrón lo sabía. No lo
detenía. Lo usaba. Decía que el diablo hablaba
por boca de las viejas.
Su hijo menor, el único que llevaba su nombre,
murió de fiebre tras intentar quemar un altar de
maíz y cempasúchil en el corral. No fue
enfermedad. Fue un ritual de retorno. La abuela,
que nunca habló en veinte años, le puso en la
frente una tinta de chicalote y le cantó al
viento lo que el cura nunca enseñó: “No se muere
quien la tierra reclama”.
El patrón mandó a la policía. La policía se fue.
Nadie quería tocar lo que no entendía. Entonces
él encendió la capilla. Las mujeres no lloraron.
Se pusieron sus mantas negras, fueron al río, y
enterraron en la arena el reloj de bolsillo que
él les quitó a sus padres. Esa noche, el maíz de
la hacienda creció tres metros en doce horas.
Las hojas se volvieron negras. Las mazorcas,
vacías.
Al amanecer, el patrón caminó hasta el campo con
su escopeta. No disparó. Se hundió hasta la
cintura en la tierra. No gritó. No pidió ayuda.
Solo miró cómo las raíces, gruesas como brazos,
lo arrastraban hacia abajo. Las mujeres lo
vieron desde la cerca. No se acercaron. Una de
ellas, la que él violó cuando tenía quince años,
le lanzó una semilla de calabaza. La tierra la
engulló.
El gobierno mandó ingenieros. Dijeron que fue un
fenómeno geológico. Que la tierra se hundió por
la sequía. Que el hombre se ahogó en barro.
Nadie mencionó el altar. Nadie mencionó el reloj.
La hacienda se convirtió en un campo de maíz
negro. Nadie la compró. Nadie la cultivó. Solo
las viejas van a recoger las mazorcas, las
parten con los dientes, y las guardan en bolsas
de tela. Dicen que en la luna llena, si escuchas
bien, el patrón aún respira. Y que la tierra,
ahora, solo da fruto si alguien la pide con
respeto.


