En los cerros de Michoacán, donde las tierras

repartidas por Zapata ya se venden a los

carteles, el sacerdote Mateo escucha confesiones

en una capilla sin techo, con un crucifijo de

madera de ceiba y una estatua de Santa Muerte

cubierta de cigarros quemados. La iglesia lo

expulsó por bendecir a los nacidos fuera del

matrimonio, por negarse a enterrar a sicarios

sin unción, por decir que Dios no habla en latín

sino en náhuatl. Él no reza. Escucha.

Un hombre llega con los ojos vidriosos, la piel

fría, y una cruz de obsidiana clavada en el

pecho. Dicen que mató a siete hombres con las

manos vacías, que sus víctimas gritaron nombres

de sus abuelos antes de morir. Mateo lo reconoce:

era hijo de la lavandera que le llevaba pan en

la infancia. El cuerpo no es posesión. Es

memoria. El cacique Tlacahuepan, ejecutado por

los revolucionarios en 1917, no se quedó en el

suelo. Se metió en el hambre, en la justicia que

no llegó, en los hijos que crecieron con el

miedo como único legado.

Mateo prepara el exorcismo con sal de mar, hojas

de copal, y agua de lluvia recogida bajo la luna

nueva. No usa misal. No canta oraciones. Pide

perdón a los cuatro vientos. El hombre se agita,

grita sin voz: “¡No soy yo! ¡Fui yo cuando me

dijeron que matar era honra!”. El ritual cae. La

cruz de obsidiana se funde en la carne. El

hombre deja de luchar. Se queda quieto. No es

liberado. Se vuelve más pesado.

La iglesia llega con guardias civiles y un

obispo con báculo de plata. Exigen el cadáver.

Mateo lo entrega. Lo entierran en el cementerio

de los sin nombre. Esa noche, la tierra se

agrieta. La cruz de obsidiana reaparece en la

puerta de la capilla. A la mañana, el hijo de la

lavandera camina por el mercado. Vende maíz.

Sonríe. Nadie lo detiene. Nadie lo mira a los

ojos. El pueblo sabe: no fue un demonio. Fue el

hambre que la revolución no curó, la fe que la

iglesia traicionó, la masculinidad que enseñó

que morir matando es ser hombre.

Mateo se va con un costal de semillas de

amaranto y un rosario de dientes de jaguar. No

vuelve. Pero cada año, en el aniversario de la

masacre de Tlacahuepan, alguien deja una vela

negra en la puerta de la capilla. Y el hombre

que vende maíz, con los ojos sin reflejo, se

arrodilla ante la estatua de Santa Muerte, le

besa la mano, y le pide: “Otro año más, madre.

No más hijos”.